Mi perra está en celo

Publicado: 21/02/2013 en Divagaciones
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Mi perra está en celo ¡sí señor!

Y la pobre anda como alma en pena con ese “nosequé” encima que no la deja vivir.

Unas doscientas veces al día me pide permiso para salir al jardín. No, mi perra no habla, es un perra de verdad que lo único que hace es sentarse en la puerta del jardín para que yo se la abra y ella pueda salir.

6 de septiembre 2012 030

Una vez fuera, se sienta en la puerta de la verja, esperando quizás a que algún galán canino pase por allí y entre para hacerle un favorcito.

Tras un largo rato -en ocasiones incluso llegó a estar hasta una hora- desiste y entonces repite la operación pero a la inversa. Se sienta en la puerta de acceso a la casa, a espera de que yo le abra, para poder entrar.

He de decir que conmigo tiene menos paciencia que con su supuesto Romeo, ya que si, en los siguientes dos minutos no me he asomado a la puerta y no la he abierto, me dedica un ladrido lleno de indignación y premura.

Luego, pasea por casa a ver si es que su Don Juan ha entrado a buscarla por algún acceso secreto y cuando comprueba que no está por allí, vuelve al ritual del jardín.

La pobre está tan intensa y repetitiva en esta operación que a veces me dan ganas de salir yo misma a buscar a ese impresentable que ha dejado a mi perra plantada, tan necesitada como está ella. Pero cuando la visualizado preñada y venga expulsar cachorros de su vientre, se me quitan las ganas y decido abrirla la puerta del jardín por decimonovena vez en la mañana.

Ayer debía barruntar que se encontraba en el día más indicado del ciclo o algo así, por que la pobre ya no sólo pedía salir al jardín o paseaba por la casa desesperada, si no que cuando se encontraba en una de sus largas esperas, entonó un aullido más propio de Colmillo Blanco que de mi pobre chuchita de escasos doce kilos.

Me imagino que debía ser algo así como un “fumando espero” a la desesperada. Pero nada. El galán de turno no apareció –ya me he asegurado yo que ni la verja ni la puerta tengan ninguna posibilidad de acceso para esos pervertidos que se quieren aprovechar de mi pobre perrita-.

Y tras tres días de paseos desesperados y de repetir una y otra vez el mismo ritual me he dado cuenta de lo humana de su conducta o lo canina de la de más de una. Y es que, a alguna que otra conocida recuerdo yo –después de lo que voy a decir no sé si querrá seguirme considerando su amiga- en la barra de un bar esperando a ese perrito de turno que le quite esa necesidad. Y ha pasado luego a la pista. Y más tarde al baño. Y después a la barra nuevamente esperando a que el galán apareciese…  con el mismo resultado que mi pobre perra. Y es aquí cuando se cumple aquello de “¡que perra es la vida!”.

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