Paula y Sergio llevaban toda la noche de viaje.

Los kilómetros y el permanecer tanto tiempo en la misma postura comenzaba a hacer mella en sus cuerpos y en su estado de ánimo.

Llevaban varios kilómetros esperando la señal de Área de Descanso. Habían renunciado a varias de esas que llamaban “gasolineras trampa”. Esas en las que las señales te avisan de que hay una gasolinera y que, al final, tienes que desviarte varios kilómetros de tu ruta para poder echa un pitillo, comprar una botella de agua o llenar el depósito.

amanecer

Por fin llegaban a la autopista de peaje. Eso al menos les garantizaba el ansiado Área de Descanso. Aunque para ello tuviesen que pagar.

De todas formas, ya estaban demasiado cansados como para coger rutas alternativas más largas.

Y encima los niños.

Aunque seguían dormidos, empezaban a revolverse en sus sillas de seguridad, sin duda cansados de permanecer en la misma incómoda postura.

Cuando por fin llegaron a la gasolinera, su sorpresa fue que, pese a ser las cuatro de la mañana, estaba prácticamente llena. La zona de aparcamiento era más grande de lo habitual, pero no se veía un hueco libre.

Tras recorrer el primer parking, accedieron a una segunda explanada un tanto apartada del área comercial.

Coches con gente durmiendo, corrillos de personas sentadas en el suelo conversando e infinidad de bultos tanto, en la zona peatonal, como en los supuestos jardines que la rodeaba.

Pronto se dieron cuenta de que los fardos tirados en el suelo eran en realidad personas arropadas entre mantas, intentando descansar.

La verdad es que llevaban varios años sin viajar al Sur y la imagen les pareció bastante dantesca. ¡Cómo estarían sus cuerpos pra dormir en el suelo entre el ir y venir de coches!

Finalmente pudieron aparcar entre una Picasso y un Renault antiguo con pinta de haber hecho ya muchas veces el trayecto conocido como “Paso del Estrecho”.

El deposito de su coche estaba prácticamente lleno pero Sergio necesitaba ir al baño y comprar tabaco, alguna bebida estimulante para intentar permanecer despejado el resto del viaje y alguna botella más de agua fresca antes de que despertasen los niños.

Cogió la cartera y salió del coche sin mediar palabra.

Paula vio como se alejaba y por inercia echó el cierre de seguridad en el coche. Cuando miró a su derecha se alegró de haberlo hecho. Un hombre con aspecto de magrebí clavaba, de forma inquietante, sus profundos ojos oscuros en ella. Estaba sentado en el asiento del conductor del Renault y dentro del mismo vehículo se veía a toda una familia intentando descansar.

Aquel hombre, sin dejar de mirarla, salió del coche y en ese momento Paula tuvo la sensación de que las plazas de aparcamiento eran demasiado pequeñas. Cada coche estaba excesivamente cerca del siguiente.

El hombre era más bien bajito, delgado y el cansancio del camino se reflejaba en su rostro. No pestañeaba. Sin mirar casi lo que hacía, avanzó unos metros y se sentó en un banco justo enfrente del asiento de Paula.

Estaba empezando a ponerse nerviosa. Las cuatro y veinte. ¿Qué demonios hacía Sergio? ¡Ni qué se hubiese ido a Sevilla a comprar el tabaco!

Le buscó con la mirada. Seguramente ya estaba por allí fumando pero no le había visto llegar.

Nada. Paula lo decía siempre: ¡Con esas medias luces veía fatal!

4:30 horas. Esto empezaba a no tener ninguna gracia. Se resistía a llamarle por teléfono por que las últimas palabras entre ellos no habían sido precisamente agradables. Sabía que eran fruto del cansancio, pero una también tenía su corazoncito…

Encima aquel tipo no dejaba de mirarla y ella empezaba a estar demasiado nerviosa.

Le mandaría un wash up.

¡Mierda! El móvil de Sergio sonó en uno de los compartimentos de la guantera. ¡Cómo podía haber salido sin el móvil! ¡Pero si Sergio es de los que tuitea desde la taza del water! ¿Justo había elegido ese día para romper ese vínculo tan fraternal con el móvil?

4:35 horas. El tiempo pasaba muy despacio. Demasiado despacio…

4:45 horas. Cuarenta y cinco minutos son demasiados minutos para ir al baño y comprar tabaco. Por mucho lío que haya, es imposible tardar tanto. Paula no sabia que hacer. ¿Despertar a los niños y salir con ellos a buscarle? ¿Dejarles durmiendo y acercarse de una carrera a ver que pasaba? Ninguna de las dos opciones le parecía muy buena.

Volvió a notar la mirada de aquel hombre clavada en ella. Decididamente los niños irían con ella fuese donde fuese. Cogió a Dani en brazos y despertó a Laura para ir a buscar a Sergio. Ya no sabía si estar cabreada o preocupada. No sabia si rezar o despotricar.

6:30 horas. Por fin había llegado la policía. Esto era como una pesadilla: nadie parecía haber visto a Sergio. Es como si lo hubiese soñado. Todo el mundo la miraba con lástima pero sin disimular su escepticismo ¿De verdad nadie había visto a Sergio? ¿Justo esa camara de seguridad de la gasolinera estaba estropeada?.

Para colmo el Renault con toda su familia dentro ya se había marchado. Ellos si le habían visto. Cuando vio el coche marcharse, se le cayó el alma al suelo.

…………………………

4:45 horas. Cuarenta y cinco minutos son demasiados minutos para ir al baño y comprar tabaco.

¡Joder! ¡Qué susto! ¡Sergio!

Paula, tía, llevo media hora dando golpes en los cristales. He despertado a medio parking y tú como si nada! ¡Si hasta la niños te están llamando!

Perdona. Me he dormido. Estoy súper cansada y estaba soñando que pasaba el tiempo sin que aparecieses.

Anda, abrochate el cinturón a ver si conseguimos que los niños se vuelvan a dormir pronto.

Bueno, tampoco te pongas así. También te podías haber llevado las llaves del coche ¿no?

…………………..

4:45 horas. Cuarenta y cinco minutos son demasiados minutos para ir al baño y comprar tabaco. Por mucho lío que haya es imposible tardar tanto. Paula no sabia que hacer. ¿Despertar a los niños y salir con ellos a buscarle? ¿Dejarles durmiendo y acercarse de una a carrera a ver que pasaba? Ninguna de las dos opciones le parecía muy buena?

Volvió a notar la mirada de aquel hombre clavada en ella. Decididamente los niños irían con ella donde fuese.

¿Pero qué es eso? ¿Por qué todo el mundo va para allá? ¿Qué sucede? ¡Un ambulancia!

¡Sergio! ¡Sergio! ¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?

– Señora ¿Qué le pasa? ¿Puedo ayudarla?

– Mi marido. ¡Mi marido no aparece y allí hay un ambulancia! ¡Seguro que le ha pasado algo!

– No se preocupe. Quédese con sus hijos. Yo iré a ver que ha pasado y enseguida vengo. ¿Cómo se llama su marido?

– Sergio Miranda.

– No tardo. No se preocupe.

Sergio se desvaneció justo cuando se dirigía hacia el baño. Como no encontraron a nadie cerca tuvieron que llamar al ambulancia directamente. Gracias a aquel señor de mirada siniestra Paula pudo llevarle su dosis de insulina a tiempo sin que los niños se enterasen de nada. No sabía como darle las gracias.

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comentarios
  1. David Gómez dice:

    Me imagino la escena con el inimitable Vincent Price en el papel del “extraño”. ¡Escalofríos!

    Para hacer una segunda parte me quedo con el primer final, en caso contrario escogería el último final (aunque hacen mucho ruido, tampoco hay tanta gente mala por ahí).

    Saludos

    • IkramBarcala dice:

      Gracias David. La verdad es que en el tercer final quería reflejar precisamente que en demasiadas ocasiones nos dejamos llevar por las primeras impresiones, las apariencias e incluso ideas preconcebidas.

      ¡Un beso!

  2. Bieeennn! Bienvenida al club de los narradores virtuales. Me ha gustado mucho. Consigues transmitir la sensación de angustia de Paula muy bien. Te unes a Salto al reverso?

  3. Muy bien escrito, para ser tan corto has conseguido ambientarlo muy bien! Y lo de los finales está muy bien llevado, parece más de una película que de un relato, diría yo. Eso sí, te ha faltado el cuarto final, en el que se descubre que el hombre de la mirada siniestra era en realidad scooby doo disfrazado.

Y a ti ¿Qué te parece?

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