¡Gracias!

Publicado: 29/04/2014 en Relatos

Carolina y Patricia sé bajaron a la playa con los niños. Para ser marzo hacia un día estupendo, aunque por supuesto, el baño no era una de las opciones factibles.

Carolina se puso a jugar, como si de una cría más se tratase. Mientras, Patricia disfrutaba de la paz del sonido del mar a un par de metros de ellos.

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En la playa apenas había una veintena de personas y ellas habían optado por situarse a la derecha de las rocas, con el fin de evitar la suave pero fría brisa que soplaba desde el Norte. Al llegar, vieron unas cuantas prendas colocadas sobre las piedras, pero con toda la pinta de haber sido abandonadas. Se trataba de auténticos harapos.

Patricia se había dejado adormecer por el calor de los rayos del sol, cuando notó una sombra sobre su cabeza. Al abrir los ojos no pudo disimular la impresión que le causaron esos dos ojos cristalinos que la observaban sin disimulo. Apenas les separaba un metro y medio y casi podía notar su respiración. De complexión media y aspecto descuidado, aquel hombre que no parecía atender a ninguna norma de decoro, observaba a Patricia sin disimular. De pronto, una ola pareció sacarle de su ensoñación y su mirada se clavó en el mar.

Sobre la cabeza llevaba un extraño vendaje. Una especie de trapo alargado debajo del que asomaban manchas de lo que podría ser mercromina. Su ropa, vieja y desgastada, estaba sin embargo bastante limpia, aunque con las marcas evidentes del paso del tiempo.

Y su rostro estaba surcado de arrugas y tostado por el sol. A pesar de todo, había algo en él, que indicaba que pese a todo, era un hombre joven.

Patricia no había podido evitar mirarle. Al principio, asustada por sí se trataba de algún demente que pudiese hacerle algo a su hermana o a los niños; y después, atrapada por una interrogación inevitable: ¿qué había pasado en la vida de aquel hombre para terminar así? Y él, con una repentina mirada sé lo explicó todo: Nada. No había pasado nada. De repente, dejó de entender el mundo que le rodeaba y se sentó en la playa esperando una explicación. Pero no había pasado nada que pudiese darle sentido a esa jaula de grillos en la que se había convertido su mundo.

En ese momento Patricia sintió una gran ternura, que no lastima. Realmente ella estaba a punto de quedarse también atrapada ante una realidad que la desbordaba. Ante una vida que la arrastraba como si de una corriente de agua se tratase, precipitándola hacia lo desconocido. Hacia una catarata de incomprensión.

Entones, cayó en la cuenta de que Carolina la estaba llamando.

– Vamos hacia casa. Se está haciendo tarde para los niños y aún no hemos ido a por el pan.

Patricia volvió a mirar a aquel hombre y sintió que la había salvado la vida. Había visto en sus ojos su futuro y ahora tenía tiempo de reaccionar.

Al levantarse y pasar a su lado susurró un leve “gracias”, que aquel hombre recibió con satisfacción. No habían intercambiado ni una palabra. Pero no había hecho falta.

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