Archivos de la categoría ‘Cuentos’


Cuento tradicional japonés.

Cuenta la tradición japonesa que un día, hace mucho mucho tiempo, se encontraron un mono y un cangrejo.image

El mono llevaba consigo una semilla de kaki como único tesoro y el cangrejo un bola de arroz que se disponía a comer. El mono, al ver aquel manjar pensó que podría hacer un buen negocio y le dijo al cangrejo:

– Mira, cangrejo, se bueno y cámbiame esa bola de arroz por esta semilla de kaki.
El bondadoso cangrejo entregó sin protestar su única posesión. Tomó la semilla, fue a su huerta y la sembró.

Al poco tiempo la semilla germinó y nació una planta. Al cabo del tiempo se convirtió en un árbol tan alto, que la copa se perdía en el firmamento.

El maravilloso árbol estaba rebosante de kakis, pero para el pobre cangrejo todas esas frutas eran absolutamente inaccesibles. Al ver lo fácil que era para el mono subir al árbol, decidió llamarle para que le alcanzase las ricas frutas. Pero el mono, bastante más malintencionado que el pobre cangrejo, se subió a una rama y se puso tranquilamente a comerse las más maduras y sabrosas.

No contento con eso, el mono, con feroz malicia, tiraba las verdes contra el confiado cangrejo e incluso guardó en su saco aquellas que ya no podía comer.

El cangrejo, triste y con el caparazón magullado apenas pudo llegar a su agujero, donde tuvo que permanecer escondido varios días melancólico y dolorido.

imagePero los familiares y amigos del cangrejo se enteraron de lo sucedido y acudieron en su ayuda presas de la ira y la estupefacción.

Se unieron así al crustáceo varios parientes, un mortero, una avispa y un huevo. Entre todos trazaron un plan para vengar las anteriores ofensas.

Para empezar, pidieron paz a sus enemigos y gracias a esta hábil maniobra, pudieron conseguir que el mono entrase sin percatarse de nada en la cueva de los cangrejos, los cuales le recibieron con aparente sumisión y le hicieron sentar en el sitio de honor.

El mono, ajeno por completo a la maquinación, cogió las tenazas del brasero y empezó a atizar el fuego. En ese momento estalló el huevo que estaba escondido entre las cenizas quemando al mono.

Asustado y aturdido trató de aliviar el escozor en una vasija de agua, pero en el momento que abrió la tapa, la avispa, que estaba allí dentro escondida, clavó su aguijón en la cara del angustiado mono.

Presa del miedo intentó llegar hasta la entrada de la cueva, pero en aquel momento sus pies se enredaron con unas algas y cayó al suelo. En ese momento, el pesado mortero, que aguardaba su turno subido sobre una roca, cayó sobre el mono, dejándole tan débil que no podía moverse.

Fue así como el mono aprendió que tarde o temprano, la picardía de aprovecharse del más ingenuo y bondadoso acaba por pagarse caro.

Anuncios

Buena suerte, mala suerte

Publicado: 19/02/2013 en Cuentos
Etiquetas:

¿Qué es la buena suerte?

En esta ocasión voy a tomar prestado un cuento cuyo origen desconozco:
Durante la Edad Media, un señor feudal muy rico decidió celebrar el nacimiento de su primer hijo varón regalando un caballo a uno de sus vasallos. Para ello hizo un sorteo entre todos sus súbditos.
El premio fue a parar a manos de un pobre labrador. El vecino de este le dijo:
“- ¡Qué buena suerte! ¡Ahora el caballo te será de gran utilidad para las tareas del campo!
 A lo que el labrador contestó:
“- Buena suerte, mala suerte. No sé. Ya se verá.”
Pasados apenas unos días, uno de sus hijos se cayó del caballo y se rompió una pierna. El mismo vecino se acercó a verle y le dijo:
-“¡Qué mala suerte! ¡Por culpa de ese caballo tu hijo se ha roto una pierna y ahora estará un buen tiempo inmovilizado, con todo lo que hay que hacer!”.
A lo que el labrador contestó: -“Mala suerte, buena suerte. No sé. Ya se verá.”
En apenas dos semanas el señor feudal entró en lucha con el propietario del feudo vecino por lo que todos los jóvenes de la zona tuvieron que ir al campo de batalla. Todos menos el hijo del labrador, que al estar impedido con la rotura de la pierna no pudo ir a combatir. Uno de los vecinos de la zona, al ver que su hijo no iba a la guerra se acercó y le dijo:-“Qué buena suerte. Como tu hijo está con la pierna rota no está obligado a ir a combate”.
A lo que el labrador contestó: -“ Buena suerte, mala suerte. No sé. Ya se verá.”
 Ahí queda eso.