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Vivía yo en mi mundo 1.0 con las prisas habituales de este entorno, cuando un aviso del móvil me despertó y me trasladó al 2.0. Tenía un comentario nuevo en el blog. ¿En el blog? Y en ese momento la conciencia me reconcomía por a desidia y el abandono al que tenía relegado al pobre blog.

Para mi sorpresa, no sólo tenía un comentario, sino que además se trataba de un Me gusta de un fiel amigo de esta ciberaventura y el comunicado de que me había otorgado un premio -bueno, a mí no, al blog- ¿Un premio? ¡Un tirón de orejas es lo que merezco! Por dejada. ¿Que este abandono puede avergonzar a toda una estirpe de cibercangrejos. 

La verdad es que no hay una excusa, un motivo o una explicación a esta dejadez más allá de la que nos afecta a todos los mortales -e incluso inmortales- de esta sociedad: los días puede ser que sigan teniendo 24 horas, pero a mí no me va a convencer nadie de que las horas continúan teniendo 60 minutos como los de antes. Aquí ha pasado igual que con el dinero: que sí, que se supone que te pagan 1.000 euros (al que se los paguen), pero estos no están compuestos por los mismos céntimos que antes. O sino, no hay forma de explicar por qué cunden tan poco. 

Y tras este discursito al más puro estilo de “La inmortalidad del cangrejo”, es decir dándole vueltas a un tema sin poder aportar gran cosa, he de dar las gracias a Gorjol, no sólo por su premio, que me ha hecho una ilusión inmensa, sino también por hacerme despertar de este letargo existencial y recordarme los buenos momentos que me ha dado siempre esta evasión que supone el blog

Aprovecho también para dar las gracias a -jolín, empiezo a parecer una celebrity recogiendo un Óscar- Chari y a Helen por premios que me dieron anteriormente -hace tanto que ni se acordarán- y que yo le agradecí respondiendo a sus comentarios, pero que aún no había tenido da decencia de colgar en mi “salón”.  

Y ahora, ante los cuatro que quedéis aún pendientes de esta singular cangreja, me comprometo firmemente a ser más constante el el blog y suficientemente agradecida, que ya se sabe lo  que dice el refrán (todo esto leído con voz de pregonero medieval, para que parezca algo más serio).

Besotes para todos y gracias por seguir ahí.

¡Muack!

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La crisis de la gotera continúa en casa (y el perito sigue desaparecido -aprovecho para hacer un llamamiento y si alguien le ve, que me lo mande, por favor, que a este paso voy a montar un club de buceo en el salón-), pero estos días, a fuerza de renuncias, me he dado cuenta de que, “Si yo fuese rica…” (es decir, si por fin el dinero saliese de las plantas -por que a la lotería no juego y de trabajo ya sabéis como anda la cosa-), una vez adecentada mi humilde morada y sustituido el troncomóvil de mi contraparte (vale: y arreglada la boca de mi hija y un par de cositas más típicas de cualquier familia -humilde y sin tarjeta “paca”- que se precie, en lo que me iba a gastar un auténtico pastón es en entradas.

Sí señores, nada de trapitos ni joyas -bueno, nada nada igual es mucho decir-: en entradas de teatro, música, exposiciones, etc. Ya hace tiempo que los regalos, si la necesidad no requería otra cosa y me preguntaban, han sido experienciales. Es decir, que me he decantado por aquellas cosas que proporcionan una grata experiencia, un momento de mágico abandono al placer, antes que por cosas materiales. 

En verano fue Sara Baras, espectáculo del que no pude hacer un post en toda regla por falta de tiempo; The Beach Boys (me río yo de la súper gira de Enrique Iglesias. No romperán ya muchos corazones, pero el culo de los asistente no permanece quieto en la silla ni medio minuto), tampoco faltamos a una cita ineludible con Ara Malikian y este sábado, por gentileza de una amiga, disfruté como una cangreja con el Ballet de Julio Bocca

Pero el otoño es época de renovación de cartelera y me va a tocar decir que no a muchos, muchos espectáculos es estoy segura que me transportarían al limbo; repetir con Ara y Sara (distintos espectáculos de ambos, claro, aunque podría repetir también varias veces cada espectáculo sin que supusiese un sacrificio precisamente), un montón de obras de teatro que me duele hasta recordar su título, como el Sueños y visiones del rey Ricardo III (aun que sólo sea por poder volver a ver a Asunción Balaguer en un escenario)… Confío en no tener que renunciar a Robert Lepage (de verdad, si te gusta el teatro de calidad y tienes oportunidad, no dudes en ver cualquiera de sus obras. Lo único malo, es la adicción que provoca) y así uno tras otro… Estreno tras estreno. Obra tras obra… Y es que, me he dado cuenta de que soy una yonki de los patios de butacas y que “Si yo fuera rica…” habría que buscarme delante de un escenario. 


Desde hace unos días, me ha dado por comprar cajas y fundas para que todo permanezca ordenado, identificable y con buena pinta. He puesto empeño en cocinar cosas diferentes cada noche (odio cocinar y ni siquiera soy una buena comedora) y me esmero en “las cosas de la casa“. 

floresCuando he sido consciente de estas tendencias mías recién adquiridas, no he podido evitar sorprenderme y me ha asaltado una pregunta: ¿Habré sufrido la metamorfosis que mi madre tanto ansía desde que cumplí los 13 y por fin seré poseedora de ese “instinto femenino” que ella echaba tan en falta entre mis aptitudes?.

La verdad es que siempre he dudado mucho de su existencia -la del instinto femenino, digo-, y de existir, dudo aún más de que consista en dejar colocadas las cortinas con cierta gracia. 

Siendo sinceros, creo que ésta tendencia mía a las cajas y al orden de ciertas cosas se debe más a un “si no puedes contra ellos, únete” que a otra cosa; y que me esté resignando a que, ésta vez, mi estancia en casa como ocupación laboral se va a alargar más de lo deseado –ya se ha alargado más de lo deseado, la verdad-. Vamos, que esto sea más obra de que el “instinto de supervivencia” -que no el “femenino“-  le haya dicho a mi inconsciente: “Mira mona, esto es lo que hay, así que, con las circunstancias actuales, intenta ponértelo lo más fácil posible a ti misma, por que de ésta no te salva ni Perry”. 

Y mientras estaba en este proceso de autoevaluación psicoanalítico, rematé la faena de darle a la casa un toque estético con la compra de un set muy primaveral (aquí creo que mi subconsciente luchaba contra la evidencia de que el duro invierno ha llegado –el otoño no existe, no seáis ilusos-). Entonces, en el momento en el que parecía que todo empezaba a estar un poco controlado, surgió del techo, como si de una de las siete plagas se tratase, una gotera del tamaño de una mesa camilla, poniendo en riesgo incluso un cuadro, obra de mi cuñado, que me recuerda que lo mío no es una casa, sino un hogar, que no ses lo mismo. 

Y si el cuadro me recordaba el concepto hogar, la gotera me llevó a mi consciente más doloroso en el que, mis cajitas, fundas y pufs multiusos no pueden esconder que “ésta casa es una ruina”. Que la gotera, viene de una tubería, que transforma mis radiadores vintages, en viejos. Unos radiadores que me hacen consciente de que van a reventar ese suelo que tan “hasta el moño me tiene” de feo que es. Pero que, estas circunstancias, en vez de ser el empujoncito final que todo optimista vería para ponerme de una vez con la reforma de la casa, es más bien una de las archiconocidas ironías del Sr. Murphy. ¡Por Díos, si alguien sabe del paradero de este tipo y me aprecia mínimamente, que impida que me encuentre con él en los próximos lustros, que no respondo de mis actos! 

Vamos, que ahora tengo todas mis cosas de costura y tricot ordenadísimas, la habitación por fin ha dejado de ser un almacén, cada cosa esta en sus sitio… pero yo no encuentro el rincón en el que poner las velitas para pedir que el Sr. Períto, que aparecerá por mi casa exactamente cuando le venga en gana, tenga a bien considerar que los daños ocasionados por la tubería vintage son merecedores de ser cubiertos por su compañía, por que si no, veo mi recién estrenado “instinto femenino” en “modo albañil“, y créedme, hay cosas para las que no estoy dotada. 


Soy católica y creo firmemente en el poder del perdón, del arrepentimiento y las segundas oportunidades. Por que todos no equivocamos, todos cometemos errores o todos necesitamos, de vez en cuando, meter la pata para saber lo que de verdad queremos. Pero esto, en política no me vale. Creo que todos sabéis por donde voy. 

Sí, lo sé, yo no suelo hablar de política en el blog. No me gusta. No quiero calentar más el panorama con demagogia puesto que no puedo aportar las soluciones que nos saquen de este embrollo en el que estamos inmersos, pero es que estas peticiones de perdón me parecen auténticas tomaduras de pelo. Nos llaman idiotas a la cara una y otra vez y hay que poner el límite en algún momento.  

No me creo que no lo supiese Sra. Aguirre, no cuela Sr. Rajoy. Y es que, aunque así fuese, aunque hayan pecado de ingenuos, su metedura de pata ha sido tal, que no hay ningún argumento que les legitime en sus puestos.

En una empresa privada, un “patinazo” de este calibre les haría perder el puesto en el minuto uno. No hay excusa para que los españoles sigamos pagando sus despropósitos profesionales. 

Lo peor de todo es que no hay ni una sola opción en el panorama actual que pueda hacer que nos sintamos mejor. Por que no, a mí, por lo menos, no me vale que vayan a la cárcel: ¡NO QUIERO SEGUIR COSTEÁNDOLES LA VIDA!

No menosprecio el sufrimiento que se debe sentir en la cárcel. Soy claustrofóbica y pensar que en no poder salir de un recinto durante años me mata, Pero no creo que sea castigo suficiente para esta gente. ¿Pagar? Si pagasen todos los sinvergüenzas de este país… pero esto no va a pasar. Es triste, pero es una realidad. En definitiva, no se trata de resarcir el daño hecho, sino de no hacer más.


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– Mamá, ¿cuándo nos vamos al colegio y papá al trabajo tú no te sientes sola en casa?

Lucía, 9 años

¿Y a ti quién te hablo de soledad?

¿Dónde aprendiste esos sentimientos? ¿por qué una niña que sólo debe entender de jugar y estudiar se preocupa de esas cosas?


Los dos grandes “titanes” de la era digital Apple y Facebook ofrecen a sus empleadas la posibilidad de congelar sus óvulos. Esta fue una de las noticias más comentadas ayer. ¡Y no es para menos! Yo aún sigo perpleja, estupefacta y, sobre todo, indignada.

logo-facebook7Se supone que la campaña es para que las mujeres no tengan que abandonar su carrera profesional para poder ser madres, lo que creo  que se traduce claramente en: “como te embaraces, te despides de seguir creciendo profesionalmente“. ¿O estoy equivocada?

Si de verdad es un incentivo para las mujeres, es que yo tengo una forma muy diferente de ver el mundo.

Te congelamos el óvulo y ya te encargas de eso más tarde, que ahora hay cosas más importantes que atender”. No sé si va acompañado también del suministro de algún tipo de poción mágica que conserve de paso intacta su energía, paciencia y vitalidad, y de paso, que proporcione una mayor longevidad con el fin de que estas madres (de óvulos congelados) puedan ser testigas -soy muy de Almodóvar– , por lo menos, de como sus hijos cambian los dientes de leche. ¿O es que la maternidad se reduce a parir criaturas? Cuanto se es una importantísima ejecutiva te embarazas, das a luz y ya te sientes realizadísima como mujer. ¿Es eso? Disculpen, yo ya soy madre, así que deduzco que nunca llegaré a nada profesionalmente.

Señores de Apple y Facebook, igual esos niños y esas madres también merecen ir al parque juntos, poder descubrir el mundo el uno de la mano del otro y disfrutar de sus primeros días del cole, a poder ser viviendo en la misma casa, no desde un geriátrico, eso sí para altos cargos directivos.

Creo que con esta medida han despreciado por completo el concepto de familia, la labor de una madre y por supuesto, la inteligencia femenina. Si no quieren perder el talento del “sexo  débil”, colaboren para que puedan compaginar sus aspiraciones profesionales con la maternidad a tiempo real.

Del padre ni se habla ¿Lo congelamos también o no hace falta?


Bien sabéis que no soy de meterme en saraos políticos ni discusiones. Que no me gustan las polémicas, pero es que estoy que exploto con el grado de deshumanización e imbecilidad de aquellos que tienen el poder de decidir por nosotros…

No voy a decir nada nuevo que no haya contado ya por Twitter pero ¿hasta cuándo el linchamiento de Teresa Romero?

400_F_51152455_4Mso8xUIsLwaSG5evSq51CiyFzdmnUohLos sanitarios, educadores, cuerpos de seguridad y tantos otros profesionales de este país, se dejan la piel día a día por cumplir una vocación, cuya esencia es ayudar, servir al prójimo, y cada vez con unas condiciones más infrahumanas.

Si ésta sanitaria se contagió, fue por estar atendiendo a una persona moribunda. Si fue un fallo suyo, suficientemente lo está pagando – y, desde luego, no es el momento de cuestionar su valía profesional-.

En cualquier caso, NADA justifica la humillación a la que la han intentado someter los “representantes” políticos.

Para mí, no cabe duda de que la repatriación de los dos misioneros era indispensable, y si no estábamos preparados, deberíamos haber tenido la humildad de pedir ayuda a los que sí lo están y así haber podido atender a los nuestros como se merecen. ¡Qué esos dos señores se han dejado la vida ayudando a los demás!

Si Teresa se contagió, salvo que tenga tendencias suicidas, fue por que no se dieron los medios (materiales, formativos, informativos…) necesarios. Pero además, no olvidemos que ella es la víctima. Que está recluida, en peligro de muerte y con el pesar de saber que puede ser la vía por la que muchos otros se puedan encontrar en su lugar. Entre ellos, su propio marido.

Y el perro… Defender el derecho a la vida de Excalibur no es despreciar ni minimizar el sufrimiento de los enfermos de ébola, ni en África, ni en ninguna parte del mundo. Su sacrificio ha sido un acto gratuito en el que no sólo se ha asesinado a un miembro de la familia de Teresa -el que tenga “mascota” lo entenderá-, si no que han desperdiciado una ocasión única para evolucionar en el conocimiento de ésta enfermedad.

Nada indicaba que el perro estuviese enfermo y en caso de estarlo y ser una amenaza sanitaria, siempre podría haberse aprovechado para conocer más sobre un tema que, sin duda, nos viene grande. Pero eso sería avanzar en materia científica y no es un tema que interese en este país.

En cualquier caso, sus dueños, su familia, tendría que haber tenido algún derecho a decidir, a despedirse…

Pero claro, si Teresa y su marido no tienen ni derecho a controlar su propia imagen, a que no ataquen su dignidad ni vulneren su intimidad... ¿Cómo van a tener derecho a despedirse de un chucho?

Suerte Teresa en tu enfermedad física y en ésta tortura sicológica a la que te están sometiendo los que deberían ayudarte.

Por cierto ¿de verdad tienen gracia todos esos chistes y falsas portadas que se están divulgando sobre este tema? Siempre dije que tenía un sentido del humor raro… Yo no veo la chispa por ninguna parte.


Portada de La vida imaginaria

Acabo de terminar, literalmente ahora mismo, La vida imaginaria, de Mara Torres. Hasta mañana que lo digiera, no puedo decir si me dejará poso o no, por que yo los libros, primero los leo y luego los maduro.

No me va a cambiar la vida, eso lo sé, y tengo claro que no ha sido la pretensión de la autora en ningún momento. Pero desconozco si me estaré acordando de Nata cada vez que me evada de la vida real y “se me vaya el Santo al cielo“.

Lo que si tengo claro es que envidió la pluma de Mara. Su estilo es fresco, natural, directo y concreto, pero sabe embaucar y atrapar, aún que la historia, en realidad, no te haga sufrir con incertidumbres o misterios.

Esta novela es una cadena de divagaciones sobre la vida misma, en primera persona y que oscilan entre la idea más peregrina y el pensamiento más común entre los mortales. Pero sin duda, hay que ser muy dueño del lenguaje para conseguir trasladar al lector por unas “pajas mentales” tan enrevesadas con la sencillez con la que lo hace. ¡Olé Mara por tu maestría!

¿Qué sí os recomiendo este libro? Bueno, si estáis aquí leyendo todas estas divagaciones, sin duda os divertiréis con La vida imaginaria. ¡Qué lo disfrutéis!

Por cierto, sí, es la chica de los informativos de La 2 y el libro lo elegí por azar en una biblioteca y sin referencia alguna.


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Azul.
Es intenso.
Absoluto.
No destiñe, ni se extiende, si no que atrapa.

El azul te absorbe.
Los pensamientos son secuestrados. Raptados por el azul y arrastrados a un pozo sin eco externo.

No contagia, ni mancha.
No hay transparencias: es opaco.
No hay medias tintas: cuando llega el azul, se van los demás colores. Los demás pensamientos. Los demás sentimientos.
Es un color puro del que no se puede escapar.

Siempre he creído que mi color era el azul, y de repente, me he dado cuenta de que me rodeo de verde…


Hay varios post que tengo pendientes, pero me cuesta publicar. Por un lado, tengo la idea, el sentimiento. Pero por otro, hay un ‘resquemor’, un sentimiento de rabia, que me impide sentarme a escribir compatibilizando la sinceridad con el huir de la autocompasión o el convertirme en una ‘persona tóxica‘.

Pero hoy me he decidido a romper esta barrera para destruir este muro que me detiene y así poder/intentar continuar con la siguiente partida del juego. Pasar página y comenzar una nueva etapa.

El origen de todo esto está en el trabajo, cómo no.

imageEl pasado 8 de agosto, 2 días después de mi cumple -no soy de las que lo llevan bien, pero fue un día maravilloso– me tocaba cogerme vacaciones. Como os podéis imaginar fue una locura de jornada para conseguir dejar mil cosas preparadas para que el lunes mi compañera me tomase el relevo con lo todo en marcha. Sin marrones e incluso trabajo adelantado para hacerle menos duro el aterrizaje.

Y en pleno abismo me encontraba yo, cuando me llamó por teléfono uno de los socios de la agencia para verme en su despacho. No cogí ni el portátil, ni un mal boli. Ya sabía a lo que iba.

– Ikram, no tengo buenas noticias.

Sin sorpresas a bordo. Dos días antes habían despedido a otra persona sin que nadie supiese la causa. Desapareció con un austero mensaje de despedida que nos dejaba muy clara su sorpresa y su enfado.

Aguanté estoicamente lo que considero un discurso preparado, carente de verdad y de sentimiento alguno. Cinismo en estado puro: “Hemos luchado mucho por ti pero es que el cliente… Los últimos días han sido muy duros… Sabemos que te has esforzado mucho y tienes que sentirte muy orgullosa e ir con la cabeza bien alta… Sabes como es Cristina y que te lo estaba poniendo muy difícil y no queremos que te siga machacando…” Mentiras.

Esas dos personas que ahora me acariciaban el lomo simplemente por tranquilizar sus conciencias no me dieron nunca ni una mínima oportunidad. Así lo sentí cada día y con ese sentimiento me debería haber ido a mi casa, si no fuese por mi maldita costumbre de intentar entenderlo todo ¿Para qué pregunté? ¿Para oír más mentiras que al final me hicieron derrumbarme de pura rabia?

Ni siquiera pude salir de allí con dignidad. La ventaja es que, como eligieron un viernes a última hora y justo antes de vacaciones para hacerme salir por la puerta de atrás, casi nadie notó la existencia de un nuevo cadáver laboral y sólo unos pocos fueron conscientes de mi derrumbe.

Ahora estoy en lo que se supone que iban a ser mis vacaciones, aunque realmente es el inicio de otra etapa de desempleo, ya que, han sido tan ruines que han hecho efectivo el despido ese mismo día, sin incluir mis vacaciones, por lo que yo, además, tengo que modificar mis planes de esas más que merecidas semanas de descanso, para formalizar mi nueva situación laboral ¡Gracias señores, ustedes sí que lo saben hacer bien!

imagePero como he dicho, este post es sólo para sacar toda esa rabia que tengo dentro y poder (intentar) pasar página. Sé que no me va a resultar fácil. Acabo de repasar las fotos de mi iPhone y al ver las de la oficina, las de los viajes hechos, los pantallazos de las situaciones de crisis, los congresos y ferias… ha sido inevitable tener que hacer frente a muchos fantasmas que están ahí: la ilusión con la que empecé, la gente maravillosa que he conocido, la cantidad de hipócritas a los que saludaba cada mañana sin saberlo, lo que he aprendido, las humillaciones que he tenido que aguantar, las mentes maravillosas con las que he tenido la oportunidad de trabajar… Tantas cucharadas de cal y de arena que aún no he podido digerir.

Ahora, toca extraer lo positivo. Ahogar lo negativo para que no me reste más energía. Alimentar esas relaciones sinceras que han surgido y… Pasar página. Lo malo es que el inicio del siguiente capítulo ya me lo sé. Es muy largo y no me gusta. Pero si no sigo leyendo mi libro vital, no sabré si la historia merece la pena de verdad ¿no?


Hoy he mantenido con mi pareja una conversación que realmente repetimos cada cierto tiempo. Para ser concretos, cada vez que yo me derrumbo con mi trabajo. Ósea, con mucha más frecuencia de lo que sería lógico pensar.image

Él, con mucho sentido común y una gran dosis de auto protección, mantiene que el trabajo es ese método que irremediablemente tenemos gran parte de los humanos para ganarnos el pan. “Y punto”, como dice él.

Y yo, con la tendencia de autodestrucción que me caracteriza, estoy empeñada en que mi trabajo es una parte muy importante de mí, a través de la que también necesito realizarme, con la que por lo general, disfruto y que me gusta (unas veces más y otras menos, como es lógico).

Y lucho por que esto sea así. O más que luchar, a lo mejor simplemente es que me empeño en que sea así, sin que sea real. Por que lo cierto es que a día de hoy, no me siento realizada, si no vacía. Bloqueada. Machacada.

Y por ilógico que sea, pese a que mi día a día consiste en demasiadas ocasiones en sobrevivir y no derrumbarme… Sigo negándome, involuntariamente, a dejar ir esa parte de mí que tanto daño me hace. Quizás sea cierto que es un instinto de autodestrucción que no puedo controlar.


La pasada Semana Santa (que lejos queda ya), tuve la oportunidad de practicar algo que me gusta mucho: la desvirtualización.

Estaba de vacaciones, pasando unos días al ladito del mar, como le conviene a todo cangrejo que se precie, cuando recibí una propuesta que me encantó: mi amigo (ya e carne y hueso) Benjamín Recacha estaba muy cerquita de mi destino vacacional y me proponía conocernos.

benjaLa verdad es que yo, no me lo pensé dos veces, pero como eran unas vacaciones en familia, sabía lo complicada que podía resultar la hazaña. Hacer planes para que todos los miembros de ambas familias estuviesen a gusto no era tarea fácil. Es más, en el primer momento di plantón a Benjamín sin tener la mas mínima intención de ello. He de decir en mi defensa que avisé con un sms (sí, existen) y que si hubiésemos hecho uso del WhatsApp esto no habría pasado pero… Esa es harina de otro costal.

El encuentro fue muy agradable. Ambas familias congeniaron fenomenal y Benjamín y yo parecíamos casi amigos de la infancia. Y todo pese a que, cuando lo comenté en casa, me miraron como si fuese de Marte.

A ver, lo del blog y ya lo ven como parte de mi frikez innata, pero lo de tener amigos a través del blog parece que siempre lleva a malos pensamientos: a que sea una forma de ligar o a la manera de contactar con un asesino en serie que estuviese preparando el acercamiento para llevar a cabo su plan. Esta segunda opción parecía bastante posible según mi familia…

Reconozco que si hubiese sido al revés, que me propusiesen quedar con alguien que sólo conocen de un chat o algo así, mis pensamientos no hubiesen sido más sanos, pero…

El caso es que no contenta con esto he reincidido.

Durante unos días he tenido en mis manos ¡por fin! El libro Viajero (prometo escribir muy pronto ese post) y cuando me tocaba dar el relevo y Benjamín me dijo que tenia que mandarle el libro a otro residente en Madrid, primero, casi le mando a paseo, porque volver a tener el libro en mis manos hizo que no me pudiese resistir a leerlo de nuevo (y claro, no me ha dado tiempo a terminar). Por otro lado, me parecía un poco raro mandarle un paquete a alguien de la misma ciudad. Sí, aunque esa ciudad sea Madrid yo no pase ni un sólo minuto de asueto en la capital.

Pues venga, a desvirtualizar de nuevo. En este caso se trataba de El psicólogo de Mr. Hyde. La verdad es que, a priori, no suena bien. Lo primero es porque Mr. Hyde no existe lo que me lleva a pensar que no puede tener sicólogo; y si fuese un ser real, coetáneo nuestro, hay que reconocer que estaba bastante trastornado y, quien sabe si ese trastorno no se lo habría trasmitido al médico ¿o esas cosas no se contagian?

El caso es que Benjamín me dio el correo de Diego y, mediante unos cuantos mensajes, logramos quedar para el día siguiente, entre el transbordo de mi trayecto en metro hacia el autobús interurbano. Todo muy relajado.

Para ponerle un poco más de emoción a la cosa, ese día mi teléfono móvil (que hace las veces casi de ordenador personal) decidió quedarse en casa y así, si había algún contratiempo pues… pues alguien se quedaba tirado sin remisión.

Total que, un psicólogo inexistente y de rostro desconocido y una cangreja de ciudad tenían que verse en Madrid sin demasiadas pistas. Las claves para reconocerse: pues como el clavel en la solapa creo que está pasado de moda, optamos por que él llevase una mochila y yo prometí ir con Pau (Sí, el protagonista del libro de Benjamín, que esto parece un culebrón) a la vista.

El resultado: otro encuentro la mar de agradable en la que el poco tempo disponible hizo que comenzásemos conversaciones demasiado interesantes para dejarlas a medias y las prisas de mi autobús a punto de salir nos hizo que hablásemos mucho más deprisa de lo que suele se normal. Lo prometo Diego, yo realmente soy más sosegada conversando.

Y hasta aquí mis aventuras desvirtualizadoras. Ahora me dirijo (por cuestiones de trabajo) a un encuentro entre blogueros de viajes en el que muchos seres sin rostro por fin serán en 3D.  Y en el que seguro que aprendo mucho y practico mucho algo que se conoce con un nombre muy hortera “netmeeting”. Ya os contaré como va todo ¿quién es el próximo en la lista para se desvirtualizado?


20140415-175341.jpgEstá muy de moda, al menos en mi entorno, el crear chats en WhatsApp para los temas más diversos. Desde el de los compañeros del cole que hace 20 años que no nos vemos, al típico de familia o amigos pasando por el improvisado/obligatorio del trabajo.

En un principio, cada uno se ceñía al objetivo con el que se creó: el de amigos para quedar, la familia para ponernos al tanto de como estamos y compartir la última foto de los niños, el del trabajo para no dejarnos escapar ni una, en del cole… no lo sé muy bien… Pero con el paso del tiempo, todos (o casi) han ido perdiendo su esencia y al final te llegan los mismos chistes por tres canales distintos; en cuestión de minutos, las mismas reflexiones de buenrollismo a la vez por tres de ellos… de manera que no sabes si el chiste sobre la suegra te lo han mandado tus cuñados o si tú le has mandado la foto del niño pringado de chocolate a tu jefe…

La realidad es que se ha convertido en un vehículo de comunicación tan masivo que ha terminado por estar hueco.

Parpadeas dos veces o pierdes de vista el móvil una hora y te encuentras con 250 mensajes en un grupo, 150 en otro, 15 en el más inactivo y 2 de alguien que no sabes ni de quién es. Y de los 417 un 60% se corresponden a onomatopeyas del tipo “jjjjjjj” o “muack”.

Yo soy defensora a ultranza de cualquier método que sirva para comunicarse, desde la alianza en el dedo que indica que estas casado (si, a eso también), al WhatsApp, pasando por las RRSS o el correo convencional con sello incluido. Sea cual sea el método lo importante es transmitir, exteriorizar, comunicar. Así que no seré yo quien critique al WhatsApp, pero creo que en mi caso, el tema se está volviendo peligroso.

Mi hija me contaba que, en su cole, dos parejas de chicas se escondía en el baño, cada una en un aseo para mandarse WhatsApp. Evidentemente en el cole está prohibido el uso del móvil y ellas eran adolescentes. Lo que explica casi todo, pero es un claro reflejo de su uso extensivo, abusivo y abrasivo…

¿Seremos los humanos capaces de hacer, por una vez, un uso racional de algo? Este tema lo podemos extrapolar a los alimentos “sin” calorías, al uso del coche, a lo bio y a casi todo ¿o no? >

Otra vez 11M

Publicado: 11/03/2014 en Divagaciones
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Otra vez 11 M. Y ya van diez.

Esa fecha está grabada en mi mente, en nuestras mentes, con fuego. Y creo nunca pasará sin que volvamos a recordar cada uno dónde estábamos ese día, en el momento justo en el que recibíamos la noticia de las explosiones de los trenes de Madrid.

Yo en concreto, en el trabajo.

Una de las obligaciones de mi puesto, era estar muy atenta a los teletipos de las agencias de información para mantener a mis superiores informados de la actualidad que nos pudiese afectar. Por temática, este tipo de noticias no eran de las que debía seguir, pero lo cierto es que me engulleron. No pidieron permiso para entrar en mi vida ni me dieron opción de ignorarlas.

Aunque hubiese querido, no hubiese podido apartarme de la pantalla del ordenador que escupía una y otra vez datos más y más horribles.image

Las llamadas de familiares se agolpaban para saber como estaba. Las líneas se saturaban. Los teletipos se sucedían con informaciones confusas y en mi cabeza sólo había cabida para dos exclamaciones “¡Dios mío, ¿qué es esto?” y “Madita ETA“, hasta que una llamada me hizo tener una visión aún más horrible. Era una prima mía que llamaba desde Londres y que me dijo sorprendida “Pues aquí han dicho que es Al-qaeda“. 

Vivir con ese enemigo silencioso y terrible que es ETA, era insoportable ¡¿pero dos monstruos acechándonos así?! Era mucho más de lo que podía asimilar. Siempre creí que éramos demasiado insignificantes como para que organizaciones así, reparasen en nuestra existencia.

Y mientras, se sucedían las bombas. Y los muertos y heridos crecían sin parar. Y mi sensación de pena, de desolación, de pavor… Y todo ello unido a un sentimiento de impotencia.

Tan sólo a unos 500 metros crecía una cola improvisada de donantes de sangre. Voluntarios corrían en todos los sentidos para ayudar de cualquier forma. Y yo, obligada a estar pegada a la pantalla.

Lo que me pedía el cuerpo de verdad era salir corriendo para ver con mis propios ojos que todo eso era real y ponerme a abrazar a la gente y a dejarme abrazar…

Y esa estupefacción y horror dura hasta el día de hoy.

Hay distintas asociaciones de “víctimas del terrorismo” que, ese día, comprendí que dejaban a demasiada gente fuera. Porque a partir de ese 11M yo también me considero víctima del terrorismo.

Evidentemente no pido para mi ninguna ayuda, ni condecoración, ni nada por el estilo. Pero es verdad que, desde ese maldito jueves, mi vida no ha sido lo mismo. Y montar en un tren, pasar por Atocha, ver una mochila sin dueño y tantos otros detalles llevan para mi la sombra del 11 M implícita. ¡Y yo lo viví todo encerrada en un despacho! No puedo imaginar como es la realidad para todos aquellos que, desde aquella fecha, cuentan con una silla vacía a la hora de comer. Con una cama de dueño ausente. Con unos besos que no llegan y una sonrisa que ya no les acompaña…

Respeto

Publicado: 07/03/2014 en Divagaciones
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20140307-005231.jpg Hay una norma básica para ser justo (todo lo justo que se puede llegar a ser, claro): no hacer daño a los demás y no faltarles el respeto a la ligera. Ponerse en el lugar del otro. No hacer a nadie lo que a ti no te gustaría que te hiciesen. Empatía, que se dice ahora.

Es una idea muy sencilla. Ahí la dejo por sí le queréis dar una vuelta.

Sé que no descubro nada nuevo, pero hay veces que se nos olvida lo más básico.

Y si nos esforzamos y nos interesa cómo se sienten de verdad los demás, apuraría un poco el planteamiento diciendo que, no sólo te pongas en el lugar del otro, si no que imagines (o lo intentes) sus posibles circunstancias. Hasta las más adversas.

Sé que parece un sermón dominical, pero creo que es una pauta de vida básica para no pisotear moralmente a los demás.

Y hasta aquí mis consejos de conducta de hoy. A ver sí mi próxima Divagación invita más a unas risas. ¡Qué esto es muy serio para ser viernes!