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¿Conoces a Pau? Seguro. Hace un mes, él y sus amigos estuvieron en mi casa y, aunque la estancia fue más corta de lo deseada, creo que se lo pasó bastante bien.

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Talavera de la Reina - Casita de los Patos La Casita de los Patos en Talavera de la Reina.   Foto: Ikram Barcala

El libro viajero encara la recta final de su recorrido por España. Ya ha llegado a la capital, donde lo esparaba con las pinzas abiertas una buena amiga, Ikram Barcala, la cangreja más genial de la blogosfera, a la que muchos conocéis gracias a su estupendo blog ‘La inmortalidad del cangrejo’. Pau y compañía han pasado unos días estupendos junto a la familia crustácea que, como todos los anteriores anfitriones, los han tratado mejor que si hubieran estado alojados en el más lujoso de los hoteles. Aunque ya sabéis que Pau, Diego, Sandra y los demás no son muy amigos del lujo. Os dejo con la crónica de Ikram…

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¡Gracias!

Publicado: 29/04/2014 en Relatos

Carolina y Patricia sé bajaron a la playa con los niños. Para ser marzo hacia un día estupendo, aunque por supuesto, el baño no era una de las opciones factibles.

Carolina se puso a jugar, como si de una cría más se tratase. Mientras, Patricia disfrutaba de la paz del sonido del mar a un par de metros de ellos.

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En la playa apenas había una veintena de personas y ellas habían optado por situarse a la derecha de las rocas, con el fin de evitar la suave pero fría brisa que soplaba desde el Norte. Al llegar, vieron unas cuantas prendas colocadas sobre las piedras, pero con toda la pinta de haber sido abandonadas. Se trataba de auténticos harapos.

Patricia se había dejado adormecer por el calor de los rayos del sol, cuando notó una sombra sobre su cabeza. Al abrir los ojos no pudo disimular la impresión que le causaron esos dos ojos cristalinos que la observaban sin disimulo. Apenas les separaba un metro y medio y casi podía notar su respiración. De complexión media y aspecto descuidado, aquel hombre que no parecía atender a ninguna norma de decoro, observaba a Patricia sin disimular. De pronto, una ola pareció sacarle de su ensoñación y su mirada se clavó en el mar.

Sobre la cabeza llevaba un extraño vendaje. Una especie de trapo alargado debajo del que asomaban manchas de lo que podría ser mercromina. Su ropa, vieja y desgastada, estaba sin embargo bastante limpia, aunque con las marcas evidentes del paso del tiempo.

Y su rostro estaba surcado de arrugas y tostado por el sol. A pesar de todo, había algo en él, que indicaba que pese a todo, era un hombre joven.

Patricia no había podido evitar mirarle. Al principio, asustada por sí se trataba de algún demente que pudiese hacerle algo a su hermana o a los niños; y después, atrapada por una interrogación inevitable: ¿qué había pasado en la vida de aquel hombre para terminar así? Y él, con una repentina mirada sé lo explicó todo: Nada. No había pasado nada. De repente, dejó de entender el mundo que le rodeaba y se sentó en la playa esperando una explicación. Pero no había pasado nada que pudiese darle sentido a esa jaula de grillos en la que se había convertido su mundo.

En ese momento Patricia sintió una gran ternura, que no lastima. Realmente ella estaba a punto de quedarse también atrapada ante una realidad que la desbordaba. Ante una vida que la arrastraba como si de una corriente de agua se tratase, precipitándola hacia lo desconocido. Hacia una catarata de incomprensión.

Entones, cayó en la cuenta de que Carolina la estaba llamando.

– Vamos hacia casa. Se está haciendo tarde para los niños y aún no hemos ido a por el pan.

Patricia volvió a mirar a aquel hombre y sintió que la había salvado la vida. Había visto en sus ojos su futuro y ahora tenía tiempo de reaccionar.

Al levantarse y pasar a su lado susurró un leve “gracias”, que aquel hombre recibió con satisfacción. No habían intercambiado ni una palabra. Pero no había hecho falta.

Vuelo a Berlín

Publicado: 18/04/2014 en Relatos
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Noe y Paco llevaban años sin verse. Muchos años para ser realistas. Sin embargo, seguía existiendo entre ambos una tensión sentimental sin resolver. Los dos lo sabían, aunque jamás lo hablaron. Ellos eran conscientes y los que les conocian también.

Desde hacía un par de años, las redes sociales les mantenían en contacto. Sin palabras. Sin diálogos apenas. Sabiendo el uno de otro y siendo conscientes de la incertidumbre compartida.

Jamás se atreverían a decir nada al respecto, parecía que pudiesen vivir con esa relación pendiente toda la vida.

Pero un día, Noe decidió jugar al todo o nada.

Por motivos de trabajo debía pasar cuatro días en Berlín. No conocía la ciudad. No conocía a sus compañeros de trabajo y realmente, no tenía mucha idea de que es lo que pintaba allí, ni porqué toda esa situación le llevó a pensar en Paco.

Sin apenas saber porqué, le mando un mensaje. El primero en 20 años y que simplemente decía: “Tengo que ir cuatro días a Berlín ¿quieres acompañarme?”

Cualquiera en su sano juicio hubiese pensado que era una equivocación. Que ese mensaje había llegado al destinatario equivocado. Ambos tenían su vida hecha. Sus correspondientes familias. Pero Paco sabía que ese mensaje era para él.

El esas dos frases en su móvil le dejaron en estado de shock durante varias horas. Hasta que finalmente contestó: “Es una locura ¿crees que esto tiene sentido?”

Noe contestó al instante “No lo sé. Si al final decides dar el paso, salgo en el vuelo de las 15:30 horas, el próximo martes.”

No, realmente Noe no tenía ni idea de lo que hacía. Pero tampoco quería saberlo. No quería pensar en Santiango. Ni en Alba.

No quería pensar en las consecuencias de esas palabras. Ni en lo que pasaría si finalmente Paco acepta. Ni que supondría para ella si el no se presentaba.

Quedaba una semana para el viaje que posiblemente cambiaría su vida y decidió vivirlo sin pensar en nada. Ignorando el nerviosismo que la envolvía, aunque en ciertos momentos era imposible. Una especie de tic nervioso le hacía mirar el móvil de manera compulsiva. Aún sabiendo que no habría noticias. Que ella deseaba que no las hubiese.

Por fin llegó el martes. Eligió la ropa cuidadosamente. Seleccionó los complementos con auténtica devoción y llevó Alba al cole como si de un viaje más se tratase.

Cuando se disponía a despedirse de Santiago éste la sorprendió: “No pensarás que dejaré que te vayas sola al aeropuerto, teniendo en cuenta que no voy a verte en cuatro días. Ya he avisado en la oficina de que no iría por la mañana. Te llevaré y comeremos algo temprano, en el propio aeropuerto.”

Noe no se lo esperaba para nada, pero eso tampoco tenía porqué alterar sus planes. Ni si quiera el ofrecimiento de Santiago hizo que tuviese cargo de conciencia. Estaba como hechizada por la decisión que había tomado. Por esa apuesta que había hecho y que no tenía ni idea de como resultaría.

En el fondo, estaba aterrada.

Noe y Santiago montaron en el coche con tiempo de sobra. La carretera estaba sarurada, pero llegaría a tiempo de comer algo. O no…

El tráfico cada vez se ponía peor. Un autobús había volcado en la A6 y se encontraban en el bus vao, en una auténtica ratonera. No podían dar marcha atrás y, de momento, no había forma de liberar ninguno de los carriles.

Noe sentía que la angustia se apoderaba de ella. Durante años había tenido el teléfono de Paco sin usarlo pero esta mañana, se sorprendió a sí misma borrándolo y borrando los mensajes enviados y recibidos. No quería imaginarse suplicándole o pidiéndole explicaciones si finalmente no se presentaba, así que, lo mejor era borrarlo de los contactos para evitar cualquier tentación. Y ahora no podía mandarle ningún mensaje. No podía explicarle nada…

Santiago le sugirió que llamase a la oficina para que la buscasen un billete para el siguiente vuelo. Al fin y al cabo, tampoco pasaba nada si llegaba un par de horas tarde a la convención. El viaje sería un poco más estresante pero no había muchas más opciones.

Sin embargo, cuando llegaron a la hora del despegue al aeropuerto, sin tiempo para embarcar, Noe se puso a llorar en silencio. Sin apenas notarlo ni darse cuenta de la cara de sorpresa de Santiago. “Era muy exigente con su trabajo, pero el estrés la estaba haciendo sacar las cosas de quicio. En cuanto volviese se irían un fin de semana los dos solos.” Mientras, el avión se alzaba hacia el cielo sin ella.

Noe nunca supo más de Paco. No sabe si fue a la cita o no. Nunca volvió a reunir el valor suficiente. Su historia inacabada se convirtió en un pozo de angustia que le resurge de vez en cuando. Pero sin el valor para retomar nada…


“¡Vaya día! Hoy que nos habían montado los puestos de trabajo en el recinto exterior, tiene pintada de que va caer la del pulpo. ¡Es lo que tiene trabajar en un sitio tan moderno! Ahora toca esperar a que el equipo de informática traslade todo, de nuevo, hasta el interior de la oficina.

Imagino que este es el típico momento en el que todos aprovechan para hacer sus recaditos personales, tomar un cafelillo o charlar distendidos con otros compañeros.. Pero yo, llevo tan poco tiempo en el trabajo, que no tengo aún demasiado que compartir con ellos. Bueno, para ser exactos, es que no tengo claro quien es quien y no sé si ellos han reparado ni siquiera en mi existencia…. Además, este punto novato en el puesto se paga con lentitud y falta de eficacia. Sin embargo, tengo tanto por hacer… Aún me queda prácticamente todo el informe del próximo miércoles y estoy más perdida que un pulpo en un garaje.

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Venga, con agobios no se adelanta nada. Vamos a relajarnos. Un té para despejarme no me vendrá mal.

¡Bien! Parece que ya empiezan a trasladar los equipos. A ver dónde me toca hoy, porque ¡esa es otra! La historia esta de rotar la ubicación de los puestos para que haya más interacción está muy bien, muy moderno, ya lo sé, pero yo no acabo de verle el punto práctico.

A ver ¿Equipo 510? ¿510? ¡Ahí está! Pero ¿quien demonios está en mi ordenador? ¡Madre mía! ¡A ver que hago yo ahora! Si es algún superior, la lío si le pido que se quite ¡pero es que necesito ponerme ya con el dichoso informe!

Vale, dejo mis cosas a lado y voy mientras al baño. A ver si así capta la indirecta…

Sigue ahí. No puede ser.

– Hola. Perdona ¿es el tuyo, verdad? Ya nos quitamos. Es que mi hijo necesitaba unas cosas para los deberes y aún no me han montado mi equipo.

¡Toma ya! ¡Qué rostro! ¡Encima es para su hijo!

– No, no te preocupes. No pasa nada. Lo único es que, tengo un pelín de prisa por hacer unas cosillas.

– Ok. Unos minutos y está.

– Vale, voy mientras a por agua. -si me quedo aquí, lo mato ¡que cara más dura!-.

Bien, parece que se han ido. ¡No me lo creo! ¡Ha apagado el equipo! Con lo que tarda en arrancar… ¡Lo mato!

Vennnnnnga.

¡Ufh! ¡Me desespero!

Me pregunto si valdrán para algo todas estas pantallitas negras con letras. Seguro que nadie las lee. Se las podían ahorrar e ir al grano ¿no?

– Dale al intro alt sup.

– ¿Perdona?

– Que si le das a intro alt supr entras directamente y te saltas todo eso.

– ¡Ah, muchas gracias! Me has leído el pensamiento.

¡Antivirus ahora no, por Dios! ¡No es el momento!

… 3%

… 7%

… 10%

¡Señor! Voy a por chicles mientras, antes de que me dé un infarto esperando.

– ¡Hola!

– ¡Mamá! ¿Qué haces aquí?

– ¡Yo también te quiero, hija!

– ¡No, perdona! Es que nunca antes habías venido a verme al trabajo. ¿Todo bien?

– ¡Sí, perfecto! Tu padre está fuera. Aparcando. He venido a buscarte porque quiere que comamos juntos. Por nuestro inversario de bodas. Ya sabes…

– ¡Ah! ¿Si? Pero… Ahora…

– Ya, es bastante poco habitual en él. Por eso yo creo que es importante que vayamos.

– Jolín, pero es que estoy a tope. Tengo que hacer un informe, no sé ni como hacerlo y aún no he conseguido ni que arranqué el equipo.

– Ikram, yo creo que es un momento especial… Mira, nos quedamos en una de las cafeterías de aquí, para que no pierdas mucho tiempo.

– Vale. Id yendo. Ahora me acerco yo. Mira, por allí va papá. ¡Corre, que no nos ha visto y va directo hacia la otra punta!

– Venga. Tú date prisa. Vamos pidiendo. No tardes.

-Ok

Joder. Vaya mierda de ordenador. Así no hay quien avance.

Venga Ikram, relájate. ¡Que nerviosa no vas a adelantar nada!

– Mamá ¿qué es esto?

– Te he pedido esto para que al menos comas algo.

– Pero ¿ya os vais? ¿Y papá?

– Está pagandando.”

– Mami. Mami.

– ¿Qué?


– Me hago pis.

– ¡¿Qué?!

– Que me hago pis.

– Ah… Vale. Ya voy. Ves yendo tú…

¡No! ¡No! ¡Mierda!

Mi padre lleva muerto 23 años. Todo era un sueño. Todo era un sueño y yo he perdido la oportunidad de comer con él por llevarme los nervios del trabajo hasta a la cama.

Corazón de chocolate toiEste relato responde a una petición que me hizo mi amigo Jesús para el estupendo juego/concurso/encuentro de relatos organizado por Gaviotas con amor. ¡Gracias Jesús por pensar en mi! Lo que siento es que no me haya salido algo más alegre. Me imagino que no estoy en mi mejor momento.

Las bases dicen que debo invitar a seis blogs a participar, pero con el tiempo que queda no creo que tenga mucho sentido.

Espero que el relato os guste o al menos os haga meditar sobre la relativa importancia de las cosas.

Suicidio

Publicado: 06/12/2013 en Relatos
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Nunca pensé que sería así. Me lo imaginaba en plan pelí. Con túnel y luz al fondo. Con los fotógrafas de mi vida pasando ante mis ojos. Pero nada que ver.

El día había sido muy duro. Demasiado. Y el anterior. Y el anterior.

Cualquier momento feliz se había esfumado de mi memoria. Como si de un sueño se tratase.

La música sonaba a todo trapo en esa emisora tan macarra que resurgía en el dial cada vez que mi novio tocaba el coche.

Los Clash. O te quedas o te vas.

Hice el ceda, tal y como correspondía, y cuando pasó el último coche y debía girar a la izquierda para tomar la carretera comarcal que me llevaría hasta casa, pise el acelerador hasta el fondo.

Si fuese una película me imagino que habría sonado el chirrido de las ruedas. Pero en el mundo real sólo se oía ese machacón estribillo que me había acompañado en tantos momentos de mi vida.

Fui directa contra el escaso quitamiedos de piedra del puente y todo se convirtió en niebla. Pasé del ensordecedor ruido de la radio, al silencio absoluto. Como cuando echaron por televisión las primeras imágenes del atentado de las Torres Gemelas. Humo, polvo, pero sin sonido.

Veo todo con nitidez tras un escasa neblina, pero no oigo nada.

Por sus gestos imagino gritos y lamentos, pero bajo mis pies sólo hay una imagen que parece ralentizada. Sus rostros están desfigurados por el terror. La imagen se va alejando en la misma medida que noto que yo me diluyo en la noche. Que desaparezco.

Oscuridad

Publicado: 04/10/2013 en Relatos
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Siempre había vivido en la oscuridad. O, al menos, esa era la sensación que a ella le daba.

Sin embargo, tenía algún recuerdo de cómo era la vida con luz, fuera de la cueva. Pero le resultaba tan lejano que, a veces, pensaba que lo había soñado. ¿O era real? No lo tenía nada claro. En cualquier caso, era un pensamiento que le producía desasosiego más que añoranza. 

Fuera, escuchaba el alboroto, risas, el trinar alegre de los pájaros.

Parecía que todo era felicidad más allá de la penumbra, pero no se atrevía ni a asomarse. Estaba tan habituada a su triste y silenciosa sombra… 

Sorprendentemente, un día se levantó con una fuerza inusual en ella. Con los ánimos absolutamente renovados y se arriesgo a dar unos pasos. Caminó insegura hacia la boca de la cueva, sin saber muy bien qué era lo que la impulsaba a ir hacia allí.  

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@IkramBarcala

El fogonazo de luz fue tan intenso, que la hizo retroceder. Taparse la cara. Ocultarse de nuevo.

Pero justo, en ese momento, notó que él la cogía de la mano.

No te preocupes. Enseguida te acostumbrarás. Yo estaré contigo hasta que puedas ver de nuevo. 

Y se sentó a su lado, sujetándole la mano suavemente, pero con firmeza.

En ese momento, ella supo que volvería a ver

Inmpotencia

Publicado: 24/09/2013 en Relatos
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Hacía tiempo que el desánimo se había apoderado de Sandra. No existía un motivo aparente o quizás eran todos a la vez. 

Depresión -sentenció Luis, su médico de toda la vida. 

Cada día para ella no eran nada más que una sucesión de horas. Sin entusiasmo. Sin grandes novedades. Sin grandes sobresaltos. cama2

Nacho esta noche parecía tener ganas de ella. La desidia también se había apoderado de esa faceta de su vida. Su libido parecía haber muerto y, la verdad, es que tampoco lo echaba de menos. Pero esta vez sí sintió el deseo de sus besos, sus abrazos

Fue muy placentero, pero muy muy rápido. Casi violento incluso.

Consiguió sentir placer con una intensidad que hacía mucho tiempo que había olvidado y tras el clímax, en el que los dos parecían cabalgar hacia la extenuación, yacían desnudos, abrazados como dos muñecos de trapo.

Estaba cómoda. Relajada. Se sentía muy bien. No quería moverse ni que nada cambiase a su alrededor. 

Habría podido permanecer siglos en aquella postura simplemente escuchando y sintiendo como su corazón y su vientre deceleraban el ritmo. 

Nacho la estrechó entre sus brazos: 

Te quiero. – Susurro en su oído. 

Sandra, en ese momento, sintió una pena de esas que duelen. De esas que parece que te van a partir el pecho en dos. Como una desgarradora puñalada. No tenía sentido. No entendía nada. 

La amargura llegó también a sus labios, pero sus ojos estaban secos. 

Poco a poco, el dolor se convirtió en una extraña sensación de alivio y notó como su cuerpo se quedaba sin fuerzas y se liberaba de todo pesar. Notó como dejaba de existir

Nacho tardó en darse cuenta de que Sandra ya no respiraba.

¿Qué estaba pasando? Nada tenía sentido. Sin embargo, cuando miró a Sandrá buscando una explicación, vio una expresión de paz que casi no reconocía en el rostro de su novia de toda la vida.

Las facciones de Sandra estaban relajadas. Su ceño, ya no estaba fruncido. 

Nacho no encontraba la lógica ni a lo que había sucedido ni a lo que él mismo sentía, sin embargo, sin coherencia alguna, entendió que Sandra necesitaba salir de ese cuerpo que la estaba ahogando

Tras la playa

Publicado: 17/09/2013 en Relatos
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El día de playa había sido bueno. Muy bueno, diría yo. Los niños habían hecho el mejor castillo de arena de todas las vacaciones.

Roberto se había empleado a fondo y, como si fuese un niño más, se había puesto con ellos a construir la fortaleza. ¡Con jardín y estanque incluidos!

Al anochecer, tras despedir al sol como cada tarde, la brisa del mar se dejaba sentir. Hacía fresquillo para permanecer jugando en la arena, pero escaseaban las ganas de ir a casa.

Sin prisas, sin compromisos, la idea de coger el coche e ir hacia el centro de la ciudad parecía la mejor opción.

Nunca había sido fácil aparcar por allí, así que irían directos al parking.

Completo.

Eso si que no se lo esperaban.

– ¿Hacía la calle del mercado?

Completo también.

– Y en las calles adyacentes ¿completas?

Para colmo la policía dirigiendo el tráfico. Eso era garantía de embotellamiento.

Natalia nunca había sido muy paciente para esto de buscar aparcamiento, pero estaba de buen humor. Sin embargo, 45 minutos de búsqueda acababa con la paciencia de cualquiera.

¡El concierto de Paco de Lucía! Por eso estaba todo tan colapsado!

Pero ya se había hecho demasiado tarde para ir hasta casa y preparar algo de cenar. Los niños empezaban a estar cansados y no aguantarían mucho tiempo despiertos. La cantinela de “¿cuándo cenamos?” empezaba a ser irritante. Aunque no les faltaba razón. ¡Ya hacía casi tres horas que habían merendado!

Por fin una pareja parecía que sacaba unas llaves del bolsillo y se dirigía al coche.

– Síguelos.

– ¡Mierda, van a un porta!

Dos vueltas más.

– Esos se van.

– ¡No me lo puedo creer, estaban en un vado!

– Pasando, que lo que nos falta es que se lleve el coche la grúa.

El buen humor se esfumaba por momentos.

– ¡Hay que jorobarse, que para una noche que decidimos coger el coche!

– ¡Ya es mala suerte que sea hoy justo el concierto de Paco de Lucía!

– Mira a ese. ¡No me puedo creer que vaya a aparcar delante de nuestras narices!

– ¡Joder, encima han cortado esta calle! ¡Una señal antes no hubiese estado mal!

– Mira, ahí hay un chico que saca algo del bolsillo. Yo creo que va a coger un coche. ¡Síguele!

Aquel joven saco una linterna del bolsillo. Se dirigió hacia un contenedor de basura y comenzó a buscar algo con lo que poder alimentar a dos niños que aparecieron como de la nada.

El silencio inundo el coche.

La mirada

Publicado: 10/09/2013 en Relatos
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Recuerdo perfectamente lo que me enamoró de ella. Fue esa capacidad de sonreír con la mirada. Ese brillo que destilaba ilusión y ganas de comerse el mundo. De comerme a besos.

¡Y esos besos tan especiales! Cuando nuestros rostros se separaban, su sonrisa dibujaba un “gracias por hacerme tan feliz“. Sin palabras. Sin sonido. Sin nada que entorpeciese ese momento…

Pero con el paso del tiempo, se me debió olvidar ver cuando la miraba y hoy me he dado cuenta de que ya no hay brillo. No hay ese destello tan especial. En su mirada se dibuja la desilusión que sus labios no quieren decir.

Es, en este instante cuando he sido consciente de que, aunque siga a mi lado, la perdí hace tiempo, mucho tiempo.

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Contraluz al atardecer de padre e hija conversando– Papá, ¿tú eres inseguro?

– ¿Cómo?

-¿Qué si tú eres inseguro? Ya sabes ¿O no sabes lo que es inseguro?

– Sí, sí, claro que lo sé. Lo que pasa es que no me esperaba una pregunta así de una niña de siete años.

– Casi ocho papá ¿Entonces?

– Bueno, no sé. No me considero inseguro pero me imagino que ciertas incertidumbres las tenemos todos.

La verdad es que no sé si esa es exactamente la palabra que busco. Laura dice que Daniel es así de pesado y torpe porque es inseguro. Él siempre está diciendo que como Laura es tan guapa, al final se va a echar otro novio y le dejará sólo. La verdad es que ya tienen diez años y son tan guapos los dos que yo creo que se van a casar…

Yo sé que papá no se quiere casar conmigo ¡es mi padre! Y los padres y las hijas no se casan. Además, él siempre dice que con una vez fue suficiente. Pero me llama todos los días y está todo el rato preguntándome si aún le quiero.

– Venga, Natalia, que como llegues tarde, tu madre se enfada mucho. Nos vemos el miércoles ¿vale?

– ¿No vas a venir a verme el martes?

– ¿Él martes? ¿Qué pasa el martes? Yo sólo puedo verte los miércoles y los fines de semana especiales.

– Pero el martes es la audición de piano.

– ¡Ay perdona! ¡No sé ni en que día vivo!

Siempre igual… ¡No tenía ni idea! Mamá me dijo que le había llamado para decírselo, pero yo creo que no tenía ni idea… Igual al final mamá no consiguió hablar con él, como le paso en la fiesta del verano.

Ella siempre dice que es que todo le importaba una mierda (porque claro, ella si puede decir mierda), pero yo no creo que sea así. Yo creo que como está tan triste, se le olvidan las cosas.

– Papá ¿Me puedo llevar la muñeca nueva?

– Cielo ¿No prefieres dejarla aquí y juegas con ella cuando vengas? La semana pasada perdiste la otra que te compré. Mejor déjala aquí.

– No la perdí papá. Yo te juro…

– No jures.

– Vale, yo te prometo que la dejé en el jardín. A lo mejor la a cogió Nico, que me odia.

– Natalia, Nico no sabe ni gatear y menos odiar. Y es tu hermano ¿cómo te va a odiar? Venga, no le des más vueltas. No pasa nada, seguro que tu madre la cambió de sitio y no se acuerda. Además, ésta es más bonita.

No me cree. Yo estoy segura de que la dejé en el jardín. Encima del balancín, pero creo que tiene razón. Es mejor dejarla aquí. Mamá siempre se enfada cuando papá me compra un juguete nuevo. Dice que mejor me podría comprar ropa o cosas útiles, pero él es un chico y los chicos no tienen ni idea de ir de compras.

Bueno, según mamá papi no tiene ni idea de nada ,pero yo sé que no es cierto. Arregla todo lo que se me rompe, sabe las mejores canciones del mundo y creo que no hay nadie en la galaxia que sepa tanto de pingüinos como él. Aunque para mamá saberlo todo de pingüinos no vale para nada.

Dice que son pájaros estúpidos que no saben ni volar y que huelen a pescado, pero a mi me encantaría volver a acompañar a papá a su trabajo. Yo no creo que me pusiese mala por dar de comer a Flori. Soy una niña y las niñas nos constipamos en invierno. Parece mentira que mamá no lo sepa.

Y Nico me odia. Si no ¿por qué ha nacido? Todo estaba mejor cuando él no existía. Papá y mamá se querían, Teo no estaba en casa y mama no llamaba a papá ‘gilipollas de mierda’ ni esas cosas tan feas que dice…

– Nat, vámonos cielo. Ya me gustaría a mí que nos pudiésemos quedar más tiempo.

– Y si llamas a mamá y le dices que hoy me quedo aquí?

– Nat…

– Tienes razón papi. Ya voy.


Paula y Sergio llevaban toda la noche de viaje.

Los kilómetros y el permanecer tanto tiempo en la misma postura comenzaba a hacer mella en sus cuerpos y en su estado de ánimo.

Llevaban varios kilómetros esperando la señal de Área de Descanso. Habían renunciado a varias de esas que llamaban “gasolineras trampa”. Esas en las que las señales te avisan de que hay una gasolinera y que, al final, tienes que desviarte varios kilómetros de tu ruta para poder echa un pitillo, comprar una botella de agua o llenar el depósito.

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Por fin llegaban a la autopista de peaje. Eso al menos les garantizaba el ansiado Área de Descanso. Aunque para ello tuviesen que pagar.

De todas formas, ya estaban demasiado cansados como para coger rutas alternativas más largas.

Y encima los niños.

Aunque seguían dormidos, empezaban a revolverse en sus sillas de seguridad, sin duda cansados de permanecer en la misma incómoda postura.

Cuando por fin llegaron a la gasolinera, su sorpresa fue que, pese a ser las cuatro de la mañana, estaba prácticamente llena. La zona de aparcamiento era más grande de lo habitual, pero no se veía un hueco libre.

Tras recorrer el primer parking, accedieron a una segunda explanada un tanto apartada del área comercial.

Coches con gente durmiendo, corrillos de personas sentadas en el suelo conversando e infinidad de bultos tanto, en la zona peatonal, como en los supuestos jardines que la rodeaba.

Pronto se dieron cuenta de que los fardos tirados en el suelo eran en realidad personas arropadas entre mantas, intentando descansar.

La verdad es que llevaban varios años sin viajar al Sur y la imagen les pareció bastante dantesca. ¡Cómo estarían sus cuerpos pra dormir en el suelo entre el ir y venir de coches!

Finalmente pudieron aparcar entre una Picasso y un Renault antiguo con pinta de haber hecho ya muchas veces el trayecto conocido como “Paso del Estrecho”.

El deposito de su coche estaba prácticamente lleno pero Sergio necesitaba ir al baño y comprar tabaco, alguna bebida estimulante para intentar permanecer despejado el resto del viaje y alguna botella más de agua fresca antes de que despertasen los niños.

Cogió la cartera y salió del coche sin mediar palabra.

Paula vio como se alejaba y por inercia echó el cierre de seguridad en el coche. Cuando miró a su derecha se alegró de haberlo hecho. Un hombre con aspecto de magrebí clavaba, de forma inquietante, sus profundos ojos oscuros en ella. Estaba sentado en el asiento del conductor del Renault y dentro del mismo vehículo se veía a toda una familia intentando descansar.

Aquel hombre, sin dejar de mirarla, salió del coche y en ese momento Paula tuvo la sensación de que las plazas de aparcamiento eran demasiado pequeñas. Cada coche estaba excesivamente cerca del siguiente.

El hombre era más bien bajito, delgado y el cansancio del camino se reflejaba en su rostro. No pestañeaba. Sin mirar casi lo que hacía, avanzó unos metros y se sentó en un banco justo enfrente del asiento de Paula.

Estaba empezando a ponerse nerviosa. Las cuatro y veinte. ¿Qué demonios hacía Sergio? ¡Ni qué se hubiese ido a Sevilla a comprar el tabaco!

Le buscó con la mirada. Seguramente ya estaba por allí fumando pero no le había visto llegar.

Nada. Paula lo decía siempre: ¡Con esas medias luces veía fatal!

4:30 horas. Esto empezaba a no tener ninguna gracia. Se resistía a llamarle por teléfono por que las últimas palabras entre ellos no habían sido precisamente agradables. Sabía que eran fruto del cansancio, pero una también tenía su corazoncito…

Encima aquel tipo no dejaba de mirarla y ella empezaba a estar demasiado nerviosa.

Le mandaría un wash up.

¡Mierda! El móvil de Sergio sonó en uno de los compartimentos de la guantera. ¡Cómo podía haber salido sin el móvil! ¡Pero si Sergio es de los que tuitea desde la taza del water! ¿Justo había elegido ese día para romper ese vínculo tan fraternal con el móvil?

4:35 horas. El tiempo pasaba muy despacio. Demasiado despacio…

4:45 horas. Cuarenta y cinco minutos son demasiados minutos para ir al baño y comprar tabaco. Por mucho lío que haya, es imposible tardar tanto. Paula no sabia que hacer. ¿Despertar a los niños y salir con ellos a buscarle? ¿Dejarles durmiendo y acercarse de una carrera a ver que pasaba? Ninguna de las dos opciones le parecía muy buena.

Volvió a notar la mirada de aquel hombre clavada en ella. Decididamente los niños irían con ella fuese donde fuese. Cogió a Dani en brazos y despertó a Laura para ir a buscar a Sergio. Ya no sabía si estar cabreada o preocupada. No sabia si rezar o despotricar.

6:30 horas. Por fin había llegado la policía. Esto era como una pesadilla: nadie parecía haber visto a Sergio. Es como si lo hubiese soñado. Todo el mundo la miraba con lástima pero sin disimular su escepticismo ¿De verdad nadie había visto a Sergio? ¿Justo esa camara de seguridad de la gasolinera estaba estropeada?.

Para colmo el Renault con toda su familia dentro ya se había marchado. Ellos si le habían visto. Cuando vio el coche marcharse, se le cayó el alma al suelo.

…………………………

4:45 horas. Cuarenta y cinco minutos son demasiados minutos para ir al baño y comprar tabaco.

¡Joder! ¡Qué susto! ¡Sergio!

Paula, tía, llevo media hora dando golpes en los cristales. He despertado a medio parking y tú como si nada! ¡Si hasta la niños te están llamando!

Perdona. Me he dormido. Estoy súper cansada y estaba soñando que pasaba el tiempo sin que aparecieses.

Anda, abrochate el cinturón a ver si conseguimos que los niños se vuelvan a dormir pronto.

Bueno, tampoco te pongas así. También te podías haber llevado las llaves del coche ¿no?

…………………..

4:45 horas. Cuarenta y cinco minutos son demasiados minutos para ir al baño y comprar tabaco. Por mucho lío que haya es imposible tardar tanto. Paula no sabia que hacer. ¿Despertar a los niños y salir con ellos a buscarle? ¿Dejarles durmiendo y acercarse de una a carrera a ver que pasaba? Ninguna de las dos opciones le parecía muy buena?

Volvió a notar la mirada de aquel hombre clavada en ella. Decididamente los niños irían con ella donde fuese.

¿Pero qué es eso? ¿Por qué todo el mundo va para allá? ¿Qué sucede? ¡Un ambulancia!

¡Sergio! ¡Sergio! ¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?

– Señora ¿Qué le pasa? ¿Puedo ayudarla?

– Mi marido. ¡Mi marido no aparece y allí hay un ambulancia! ¡Seguro que le ha pasado algo!

– No se preocupe. Quédese con sus hijos. Yo iré a ver que ha pasado y enseguida vengo. ¿Cómo se llama su marido?

– Sergio Miranda.

– No tardo. No se preocupe.

Sergio se desvaneció justo cuando se dirigía hacia el baño. Como no encontraron a nadie cerca tuvieron que llamar al ambulancia directamente. Gracias a aquel señor de mirada siniestra Paula pudo llevarle su dosis de insulina a tiempo sin que los niños se enterasen de nada. No sabía como darle las gracias.


Anoche, mientras esperaba el sueño tumbada en la cama, escuché a un autillo.

Y me trasladó en el tiempo.

Me llevó años atrás. Muchas años atrás.

Cuando la vida era muy sencilla.

Cuando no había que tomar decisiones.

Cuando, en las noches de verano, sonaba el “Bienvenidos” de Miguel Ríos en la discoteca de verano, mientras yo, desde la cama, esperaba también la llegada del sueño.

Cuando la canción de “Mediterráneo” era la banda sonora del coche de una familia que nunca había visto el mar.

Cuando había un padre y una madre.

Cuando no había que preocuparse nada más que de subir a casa antes de que el cielo dejase el naranja del atardecer.

Y de repente, el autillo cesó. Y con su silencio, el insomnio llegó a mi cama.

Accidente

Publicado: 22/02/2013 en Relatos
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Me duele la cabeza.

accidente

Me va a estallar.

¿Pero qué me pasa? No puedo abrir los ojos. Me duele todo.

¿Qué es esto? No puedo moverme. ¡Dios mío, mi cabeza!

¡¿Dónde coño estoy?! ¿Qué es esto? ¿El coche? ¡Mierda! ¿Este es mi coche? ¿Estoy atrapado en el coche? ¿Me he estrellado? ¿Es eso? ¿He tenido un accidente con el coche?

Eso parece. Pero no puedo ver nada. Estoy tan mareado…

¡Agh! ¡Qué dolor! Creo que me he desmayado. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

Debo tranquilizarme. No puedo perder la calma. ¿Es de noche? ¿Estoy ciego o es de noche? ¡Nico tranquilízate, que así no vas a conseguir nada! …No estás ciego. Ahí hay una pequeña luz. ¿Qué es eso?

Debo, moverme. Tengo que moverme y salir de aquí. ¿Por qué no me responden las manos? ¿Estoy paralítico? Dios, si es que no siento nada más que dolor. Estoy entumecido y sólo noto dolor. Creo que voy a desmayarme de nuevo.

No te duermas Nico, aguanta, que no puedes quedarte aquí. Venga piensa. ¿Dónde estás? ¿Cómo has llegado aquí?

¡Piensa, piensa!

¿Qué es lo que ha pasado? ¿Dónde estoy?

Sonó el teléfono. Sonó el teléfono y se activó el “manos libres”. Era ella, que como siempre estaba enfadada. No: irritada, irritada, no le gusta que diga que se enfada. Ella se irrita, no se enfada. Pero su irritablilidad la verdad es que a mí me cabrea. Y MUCHO. Con mayúsculas y sin eufemismos.

Me volvió a sacar de quicio y después… después este dolor de cabeza. Después he debido de tener un accidente. Pero ¿Dónde? ¿Por dónde iba?  ¡Mierda! ¿Qué más da eso? Lo que tengo que hacer es salir de aquí.

¡Socorro! ¡Socorro!¡Socorro, por favor, que alguien me ayude! ¡Estoy aquí!¡En el coche!¡Socorro! ¡Ayúdenme!

No hay nadie, no hay nadie cerca. A saber donde coño estoy.

¡Voy a morir! ¿Voy a morir aquí? ¿Solo? ¿Voy a morir aquí solo, tirado como un perro? ¡Dios mío ayúdame!

Tranquilízate Nico. Tranquilízate y no pierdas los nervios ahora.

Venga, arriba. Sal de aquí. ¡Si es que no sé ni que es lo que me atrapa. ¡Sólo noto dolor! ¡Dolor por todas partes!

¿Dónde estoy? Mierda, no era un sueño. Es realidad. He tenido un accidente y estoy atrapado en el coche. ¿Me he dormido? ¿Me he desmayado? Sí, porque ya hay luz fuera. Debe estar amaneciendo por que suenan pájaros y hay poca luz.

Bien, no pierdas la calma que ahora enseguida te verá alguien y vendrán a rescatarte. ¿Pero cuanto tiempo llevo aquí? Ayer salía de casa a primera hora de la mañana… ¿Ayer? ¿Llevo un día entero aquí? Dios mío tengo que salir de aquí. Me duele todo y tengo tanta sed…

Suena algo. ¡Bien, suena algo!

Son cencerros… Vienen a rescatarme.

¿Hola? ¿Hay alguien por aquí? ¿Hola? ¡Por favor, ayúdenme!

Son ovejas. Suenan ovejas. Si hay ovejas estarán con algún pastor o incluso con un perro que enseguida se dará cuenta de que estoy aquí atrapado.

¿Hola? Mierda, no me sale apenas voz. Me duele tanto la cabeza. Pero no noto el cuerpo. Me duele todo tanto que no puedo ni hablar.

¿Dónde estoy? ¡No! Creo que he vuelto a desmayarme. Las ovejas. Ahí fuera había ovejas… pero ahora no oigo nada. Suena el vacio. El campo. La soledad… y a mí me duele tanto la cabeza…

Siento un hormigueo en la cara… eso no puede ser bueno. Tengo la cara como entumecida. Al menos ya no me duele tanto la cabeza. Si por lo menos pudiese beber algo… Me pesan los ojos y necesito es descansar. Pero no debo, sé que no debo, que tengo que luchar por permanecer despierto. Pero estoy tan cansado. Y hace tanto frio…