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La crisis de la gotera continúa en casa (y el perito sigue desaparecido -aprovecho para hacer un llamamiento y si alguien le ve, que me lo mande, por favor, que a este paso voy a montar un club de buceo en el salón-), pero estos días, a fuerza de renuncias, me he dado cuenta de que, “Si yo fuese rica…” (es decir, si por fin el dinero saliese de las plantas -por que a la lotería no juego y de trabajo ya sabéis como anda la cosa-), una vez adecentada mi humilde morada y sustituido el troncomóvil de mi contraparte (vale: y arreglada la boca de mi hija y un par de cositas más típicas de cualquier familia -humilde y sin tarjeta “paca”- que se precie, en lo que me iba a gastar un auténtico pastón es en entradas.

Sí señores, nada de trapitos ni joyas -bueno, nada nada igual es mucho decir-: en entradas de teatro, música, exposiciones, etc. Ya hace tiempo que los regalos, si la necesidad no requería otra cosa y me preguntaban, han sido experienciales. Es decir, que me he decantado por aquellas cosas que proporcionan una grata experiencia, un momento de mágico abandono al placer, antes que por cosas materiales. 

En verano fue Sara Baras, espectáculo del que no pude hacer un post en toda regla por falta de tiempo; The Beach Boys (me río yo de la súper gira de Enrique Iglesias. No romperán ya muchos corazones, pero el culo de los asistente no permanece quieto en la silla ni medio minuto), tampoco faltamos a una cita ineludible con Ara Malikian y este sábado, por gentileza de una amiga, disfruté como una cangreja con el Ballet de Julio Bocca

Pero el otoño es época de renovación de cartelera y me va a tocar decir que no a muchos, muchos espectáculos es estoy segura que me transportarían al limbo; repetir con Ara y Sara (distintos espectáculos de ambos, claro, aunque podría repetir también varias veces cada espectáculo sin que supusiese un sacrificio precisamente), un montón de obras de teatro que me duele hasta recordar su título, como el Sueños y visiones del rey Ricardo III (aun que sólo sea por poder volver a ver a Asunción Balaguer en un escenario)… Confío en no tener que renunciar a Robert Lepage (de verdad, si te gusta el teatro de calidad y tienes oportunidad, no dudes en ver cualquiera de sus obras. Lo único malo, es la adicción que provoca) y así uno tras otro… Estreno tras estreno. Obra tras obra… Y es que, me he dado cuenta de que soy una yonki de los patios de butacas y que “Si yo fuera rica…” habría que buscarme delante de un escenario. 


Desde hace unos días, me ha dado por comprar cajas y fundas para que todo permanezca ordenado, identificable y con buena pinta. He puesto empeño en cocinar cosas diferentes cada noche (odio cocinar y ni siquiera soy una buena comedora) y me esmero en “las cosas de la casa“. 

floresCuando he sido consciente de estas tendencias mías recién adquiridas, no he podido evitar sorprenderme y me ha asaltado una pregunta: ¿Habré sufrido la metamorfosis que mi madre tanto ansía desde que cumplí los 13 y por fin seré poseedora de ese “instinto femenino” que ella echaba tan en falta entre mis aptitudes?.

La verdad es que siempre he dudado mucho de su existencia -la del instinto femenino, digo-, y de existir, dudo aún más de que consista en dejar colocadas las cortinas con cierta gracia. 

Siendo sinceros, creo que ésta tendencia mía a las cajas y al orden de ciertas cosas se debe más a un “si no puedes contra ellos, únete” que a otra cosa; y que me esté resignando a que, ésta vez, mi estancia en casa como ocupación laboral se va a alargar más de lo deseado –ya se ha alargado más de lo deseado, la verdad-. Vamos, que esto sea más obra de que el “instinto de supervivencia” -que no el “femenino“-  le haya dicho a mi inconsciente: “Mira mona, esto es lo que hay, así que, con las circunstancias actuales, intenta ponértelo lo más fácil posible a ti misma, por que de ésta no te salva ni Perry”. 

Y mientras estaba en este proceso de autoevaluación psicoanalítico, rematé la faena de darle a la casa un toque estético con la compra de un set muy primaveral (aquí creo que mi subconsciente luchaba contra la evidencia de que el duro invierno ha llegado –el otoño no existe, no seáis ilusos-). Entonces, en el momento en el que parecía que todo empezaba a estar un poco controlado, surgió del techo, como si de una de las siete plagas se tratase, una gotera del tamaño de una mesa camilla, poniendo en riesgo incluso un cuadro, obra de mi cuñado, que me recuerda que lo mío no es una casa, sino un hogar, que no ses lo mismo. 

Y si el cuadro me recordaba el concepto hogar, la gotera me llevó a mi consciente más doloroso en el que, mis cajitas, fundas y pufs multiusos no pueden esconder que “ésta casa es una ruina”. Que la gotera, viene de una tubería, que transforma mis radiadores vintages, en viejos. Unos radiadores que me hacen consciente de que van a reventar ese suelo que tan “hasta el moño me tiene” de feo que es. Pero que, estas circunstancias, en vez de ser el empujoncito final que todo optimista vería para ponerme de una vez con la reforma de la casa, es más bien una de las archiconocidas ironías del Sr. Murphy. ¡Por Díos, si alguien sabe del paradero de este tipo y me aprecia mínimamente, que impida que me encuentre con él en los próximos lustros, que no respondo de mis actos! 

Vamos, que ahora tengo todas mis cosas de costura y tricot ordenadísimas, la habitación por fin ha dejado de ser un almacén, cada cosa esta en sus sitio… pero yo no encuentro el rincón en el que poner las velitas para pedir que el Sr. Períto, que aparecerá por mi casa exactamente cuando le venga en gana, tenga a bien considerar que los daños ocasionados por la tubería vintage son merecedores de ser cubiertos por su compañía, por que si no, veo mi recién estrenado “instinto femenino” en “modo albañil“, y créedme, hay cosas para las que no estoy dotada. 


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– Mamá, ¿cuándo nos vamos al colegio y papá al trabajo tú no te sientes sola en casa?

Lucía, 9 años

¿Y a ti quién te hablo de soledad?

¿Dónde aprendiste esos sentimientos? ¿por qué una niña que sólo debe entender de jugar y estudiar se preocupa de esas cosas?


Yedra de cinco puntas en otoño Me gusta el otoño. Es la conclusión a la que he llegado en los últimos días.

Ya sé que no va a cambiar el ritmo de la vida, ni a solucionar mi problema de desempleo, pero realmente es un descubrimiento bastante significativo para mí. 

Hasta el momento, el final del verano, la llegada del frío, los días más cortos y la vuelta a la rutina… me hacían caer en lo que tenemos en llamar “síndrome postvacacional” y más cuando, como es en este caso, tras las vacaciones lo único que me esperaba era la incertidumbre, la carrera de fondo que supone buscar trabajo sin decaer y la falta de un proyecto ilusionante a la vista, 

Este fue el intento de reconciliación con este periodo que hice hace un año. 

Muy al contrario de lo que me ha pasado en otras ocasiones, estoy bastante tranquila (para lo que soy yo), sigo persistente en mi búsqueda, estoy encantada de guardar la ropa de verano y sacar amorosos jerséis que me protejan del mundo exterior y, por supuesto, aprovechando al máximo el tiempo que paso al lado de mis niños

No sé si es madurez, que el tratamiento de choque está haciendo efecto o yoqueséque, pero lo cierto es que el otoño “este año” es una estación en la que la Naturaleza nos ofrece lo mejor de sí: los colores más sorprendentes, los atardeceres más espectaculares y alguna que otra delicia culinaria de la que me veo incapaz de prescindir ¿Alguien tiene níscalos para mi?

Así que, como con demasiada frecuencia os cuento mis penas, esta vez os regalo un post con entusiasmo que espero que sea muy muy contagioso ¡y sin vacuna posible!

¿Has visto lo precioso que está el campo en estas fechas?  


Hay varios post que tengo pendientes, pero me cuesta publicar. Por un lado, tengo la idea, el sentimiento. Pero por otro, hay un ‘resquemor’, un sentimiento de rabia, que me impide sentarme a escribir compatibilizando la sinceridad con el huir de la autocompasión o el convertirme en una ‘persona tóxica‘.

Pero hoy me he decidido a romper esta barrera para destruir este muro que me detiene y así poder/intentar continuar con la siguiente partida del juego. Pasar página y comenzar una nueva etapa.

El origen de todo esto está en el trabajo, cómo no.

imageEl pasado 8 de agosto, 2 días después de mi cumple -no soy de las que lo llevan bien, pero fue un día maravilloso– me tocaba cogerme vacaciones. Como os podéis imaginar fue una locura de jornada para conseguir dejar mil cosas preparadas para que el lunes mi compañera me tomase el relevo con lo todo en marcha. Sin marrones e incluso trabajo adelantado para hacerle menos duro el aterrizaje.

Y en pleno abismo me encontraba yo, cuando me llamó por teléfono uno de los socios de la agencia para verme en su despacho. No cogí ni el portátil, ni un mal boli. Ya sabía a lo que iba.

– Ikram, no tengo buenas noticias.

Sin sorpresas a bordo. Dos días antes habían despedido a otra persona sin que nadie supiese la causa. Desapareció con un austero mensaje de despedida que nos dejaba muy clara su sorpresa y su enfado.

Aguanté estoicamente lo que considero un discurso preparado, carente de verdad y de sentimiento alguno. Cinismo en estado puro: “Hemos luchado mucho por ti pero es que el cliente… Los últimos días han sido muy duros… Sabemos que te has esforzado mucho y tienes que sentirte muy orgullosa e ir con la cabeza bien alta… Sabes como es Cristina y que te lo estaba poniendo muy difícil y no queremos que te siga machacando…” Mentiras.

Esas dos personas que ahora me acariciaban el lomo simplemente por tranquilizar sus conciencias no me dieron nunca ni una mínima oportunidad. Así lo sentí cada día y con ese sentimiento me debería haber ido a mi casa, si no fuese por mi maldita costumbre de intentar entenderlo todo ¿Para qué pregunté? ¿Para oír más mentiras que al final me hicieron derrumbarme de pura rabia?

Ni siquiera pude salir de allí con dignidad. La ventaja es que, como eligieron un viernes a última hora y justo antes de vacaciones para hacerme salir por la puerta de atrás, casi nadie notó la existencia de un nuevo cadáver laboral y sólo unos pocos fueron conscientes de mi derrumbe.

Ahora estoy en lo que se supone que iban a ser mis vacaciones, aunque realmente es el inicio de otra etapa de desempleo, ya que, han sido tan ruines que han hecho efectivo el despido ese mismo día, sin incluir mis vacaciones, por lo que yo, además, tengo que modificar mis planes de esas más que merecidas semanas de descanso, para formalizar mi nueva situación laboral ¡Gracias señores, ustedes sí que lo saben hacer bien!

imagePero como he dicho, este post es sólo para sacar toda esa rabia que tengo dentro y poder (intentar) pasar página. Sé que no me va a resultar fácil. Acabo de repasar las fotos de mi iPhone y al ver las de la oficina, las de los viajes hechos, los pantallazos de las situaciones de crisis, los congresos y ferias… ha sido inevitable tener que hacer frente a muchos fantasmas que están ahí: la ilusión con la que empecé, la gente maravillosa que he conocido, la cantidad de hipócritas a los que saludaba cada mañana sin saberlo, lo que he aprendido, las humillaciones que he tenido que aguantar, las mentes maravillosas con las que he tenido la oportunidad de trabajar… Tantas cucharadas de cal y de arena que aún no he podido digerir.

Ahora, toca extraer lo positivo. Ahogar lo negativo para que no me reste más energía. Alimentar esas relaciones sinceras que han surgido y… Pasar página. Lo malo es que el inicio del siguiente capítulo ya me lo sé. Es muy largo y no me gusta. Pero si no sigo leyendo mi libro vital, no sabré si la historia merece la pena de verdad ¿no?


Primer martes de mes = Divagando con…

Está sección me hace especialmente feliz, ya que me encanta tener invitados en casa.

En esta ocasión cuento con la divagación de @EstherNRosinos, una/otra periodista vocacional.

La verdad es que nunca habíamos hablado del tema. De hecho tampoco hemos hablado de tantas cosas. Tan sólo durante unos días compartimos “pupitre”. Pero basta con oírla hablar un par de veces para saber que no se dedica a esto por accidente. Qué ante la típica pregunta de que si el periodista nace o se hace, en su caso sólo hay una respuesta posible. ¿Adivinas cual es?

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Tocados, pero no hundidos

Vocación: (del lat. “vocatio, -onis) Inclinación, nacida de lo íntimo de la naturaleza de una persona, hacia determinada actividad o género de vida”.

(Diccionario de María Moliner)

Tras recibir la invitación de Ikram de divagar sobre la vocación periodística pensé: ¡Ni hablar! Cómo voy a dedicarle ni siquiera dos palabras a un concepto que nos trae a más de uno por la calle de la amargura y es fuente de calenturas una semana sí y otra también. “Déjame que piense sobre qué me gustaría divagar, ya te diré”, esa fue mi respuesta.

Sin embargo, a los pocos días y en pleno proceso de decisión del temita sobre el que iba a divagar leí en Twitter: “La profesión va por dentro” (@javierdofo) y me senté a pensar y concluí que sí, que es verdad: soy Periodista y periodista de vocación, por qué no decirlo.

Y cumpliendo, me encontraba yo, con uno de los tópicos de los periodistas, el de que nos encanta leer y curiosear lo que dicen o escriben otros periodistas, cuando me topé de bruces con este devastador titular y no menos devastadora noticia: “Cómo no encontrar trabajo nunca: Ser mujer, licenciarse en Periodismo y vivir en España” ¡Vaya, aquí sí que doy el perfil!

Lejos de humores negros, comencé a reflexionar cómo es posible que pese a los mazazos que estamos recibiendo de un tiempo a esta parte, por no decir desde siempre, todavía sienta que mi vocación está intacta. Pura, pura hasta la sepultura.

Y va a ser precisamente por eso, porque el Periodismo para mi es vocacional. Puedo no estar viviendo económicamente del fruto de mi trabajo pero no por eso dejo de ser ni un solo momento periodista. Mi vocación es la de contar, la de transmitir, la de interpretar la realidad para el resto de ciudadanos, y la de hacerlo lo mejor posible, con las más altas cotas de honestidad y ecuanimidad, con la intención de articular herramientas que cada uno usará a su juicio.

Puede haber otras motivaciones, otras expectativas, no digo yo que no. Pero esa es mi vocación.

El concepto de vocación también tiene mucho que ver con la satisfacción, con la felicidad por desempeñar una labor, una actividad, que cuando la estamos desarrollando nos hace sentir que no necesitamos nada más, o quizás un poco, pero no mucho más. Esa es y ha sido nuestra trampa. La vocación en el Periodismo es un dardo envenenado. Un boomerang que se vuelve contra nosotros y que empresarios desalmados no han dudado en utilizar una y otra vez.

En mis cerca de 20 años de experiencia profesional –soy una afortunada-, he trabajado para varias empresas y he tocado prácticamente todos los formatos y muchos ámbitos y, sin dramas, he de reconocer que dónde mejor compensación económica he tenido o en la empresa que más prestigio tenía, no es ni de lejos dónde más cómoda y entregada he trabajado, dónde mejor he podido explayar mi vocación de periodista y dónde mejores profesionales me he encontrado.

¿A dónde quiero llegar con todo esto? Pues simplemente a romper una lanza por la profesión, tan maltratadita siempre (y no sólo por la responsabilidad ajena) y por los que la seguimos sintiendo como la mejor profesión del mundo, parafraseando a Gabriel García Márquez. Puede estar tocada, pero no hundida. Como en todo, hemos de aprender de los errores propios, que los hay y muchos, y de los ataques ajenos, y recomenzar con nuevas formas de hacer periodismo y de cumplir con la máxima de la profesión. Ahora somos más necesarios que nunca, por eso tanto ataque a nuestras líneas de flotación.

Todos sabemos que las cifras de desempleo entre periodistas son escandalosas. Próximas al 40 por ciento, dicen las malas lenguas. Sin embargo, yo no sería capaz de decirle ni a una sola persona, incluida mi hija, que desista, que mire hacia otro lado, que fuerce su vocación y apunte a un sector menos precarizado, menos vapuleado. Precisamente, para remontar y revertir esta situación, quizás sea más necesario que nunca que echemos mano de la vocación y, por encima de todo, que no nos asustemos, que crisis y profundos cambios los ha habido siempre, y aquí estamos.

 

 

Amarga condena

 20131104-232727.jpgVocación. Esa palabra. Esa condena.

En los tiempos que corren, hablar de trabajo, de la profesión, de aquello a lo que te dedicas o te gustaría dedicarte, es más que frecuente.

En mi caso, se me llena la boca cuando hablo de periodismo, de comunicación.

Creo que, salvó hasta los 4 ó 5 años que dije que quería ser “enfermera de bebés“, y de vez en cuando, cuando el profe de inglés me presionaba mucho, que me dio por decir que peluquera, siempre, desde que tengo uso de razón, he sabido que quería ser periodista.

El lado bueno, que cuando tengo la suerte de trabajar en lo mío soy la cangreja más feliz del mundo. De esas a las que casi habría que cobrar por trabajar (que nadie se lo tomé en serio, que es sólo un decir, que con o sin vocación una come y tiene hipoteca como todo “quisqui“).

Pero de la misma forma y con la misma intensidad, cuando no puedo ejercer, soy el ser más desdichado del mundo.

Aprovecha esta situación para reinventarte. Para hacer aquello que siempre quisiste...” ¡Y una leche! No necesito reinventarme. Soy lo que soy y eso no se cambia.

Pero mi vocación no es sólo profesional. De la misma forma y con el mismo convencimiento siempre, y aquí si que fue siempre (no hubo titubeos ni a los 4 ni a los 8 ni en ningún momento), supe que quería ser madre. Y lo soy. Y ahora sólo pido que me dejen ejercer mis dos pasiones, mis dos 50% con tranquilidad.

A lo mejor me falta dominio de idiomas o destreza o sangre fría o paciencia o qué se yo. Pero me sobra pasión. Y lo que tengo claro es que este es el ingrediente imprescindible para que algo salga bien.

Por eso, creo que es el momento de dejarse de excusas oportunistas y facilitar que cada uno pueda desarrollarse en lo que de verdad es. Sólo así, las cosas fluirán e irán sobre ruedas. Huyendo de una sociedad de frustrados que “tiene que” mientras sueñan con lo que les gustaría hacer. Y eso si es una verdadera estrategia económica: permitir que cada uno se pueda desarrollar en lo que de verdad le gusta. Sólo así habrá una menor inversión en tiempo y esfuerzo y un mejor resultado

¿O no?


Hoy es pre-viernes, es decir, jueves y, como se acerca el fin de semana, ya hay más de uno que empieza a tener esa sonrisilla Banco de sonrisasdescontrolada pensando en el “que será“.

En La inmortalidad del cangrejo sacamos la mejor sonrisa de nuestro Banco particular en el que, en este caso tenemos una muestra de esos pequeños gestos que se pondrían interpretar como el ““lado bueno de la crisis”” (doble dosis de comillas para esta afirmación, por favor), ya que, en los momentos duros como este, se aprende a valorar más lo que se tiene y es cuando surgen movimientos altruistas y desinteresados para ayudar a los demás. 

Eso sí, si esto era para que aprendiésemos una lección: ¡señores que dirigen el mundo, nos damos por enseñados. Por favor, hagan que las cosas vuelvan a su ser, que se está haciendo un poquito cuesta arriba!

Bueno, al grano. En el Banco de Sonrisas de hoy os voy a presentar una iniciativa modesta pero muy importante que es un ejemplo que me consta que se está haciendo en muchos otros sitios.

Os cuento, Forum Carballo es un Centro de Formación Ocupacional que cuenta con una Escuela de Cocina en la que enseñar un oficio a desempleados, con el fin de que puedan ampliar su horizonte laboral.

fogons_4Sí, esto no es un gesto solidario, es lo que hacen miles de academias y escuelas por todo el país. El hecho loable de esta escuela es que, la comida que preparan estos cocineros en ciernes, en vez de ponerse de venta al público, como pasa en muchas otras escuelas de hostelería (aunque sea a un módico precio), se entrega al Comedor de social de Cáritas de Carballo, para que puedan hacer frente a la gran demanda de ayuda que están teniendo en estos momentos. Porque aunque a muchos no les guste hacerse a la idea de ello, sí, en España hay mucha gente que, a día de hoy, pasa hambre. Aunque cuando decimos esta palabra lo que nos pueda venir a la cabeza sean los negritos de África.  

Y no os vayáis a pensar que lo que hace la Escuela de Hostelería del Forum de Carballo es darle de comer a los necesitados los ensayos de unos cuantos aprendices. Se trata de un menú completo, absolutamente equilibrado y realizado por los alumnos, bajo el asesoramiento y saber hacer de sus profesores. 

Tal y como contaba hoy una de las profesoras en RNE esta misma mañana, desde la escuela además, se intenta tener una deferencia especial con los más pequeños de la casa, ya sea con los postres o con algún otro detalle, para paliar el sufrimiento que supone una situación tan delicada como la que están pasando. 

Así que ¡Bienvenidos a este Banco de Sonrisas a profesores y alumnos de la Escuela de Cocina del Forum de Carballo!

¿Vacaciones?

Publicado: 31/07/2013 en Divagaciones
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Hoy, según mi plan de trabajo autoimpuesto en el blog, toca Divagación. De esas de irónicas, con las que tirar la piedra y poner cara de “yonofui”. Pero lo cierto es que no me sale. No estoy yo en ese momento.

El sábado comienzo las vacaciones¡yupí!

¿Yupi? ¿Y por qué no me siento impaciente? ¿Por qué no estoy contando los días?

Pues sencillamente, porque después de 19 meses a mí, lo que me pide el cuerpo es trabajar.

No es que no necesite desconectar. Descansar. Disfrutar con mi gente y mi añorado mar. ¡Qué nadie lo intérprete así, por Dios!

Es, sencillamente, uno de los daños colaterales del desempleo: ese injusto sentimiento de culpa que entra al disfrutar del tiempo libre.

Lo siento amigos cangrejos. Esta vez tocó un post un tanto amargo. Prometo compensar 😉

¡Felices vacaciones a todos!


Texto de Emprendimiento

Hace tiempo que tengo enquistada una palabreja y creo que hoy toca expulsarla de mí, que esta semana estoy de limpieza virtual y emocional y los psicólogos salen muy caros. Se trata de “emprendimiento”.

¡No me diréis que no hay palabra más de moda (sólo después de crisis y corrupción)! Pero es una palabra que, además de ser horrible, es una completa mentira.

¿Cómo se puede ser tan espabilado para mandarnos a todos a emprender? ¿Cuál es el motivo por el que, desde los organismos que velan por uno de los derechos constitucionales de los españoles, el trabajo, se finja premiar e incentivar el emprendimiento?

Es más ¿Qué es emprender? ¿Abrir un negocio, sea el que sea, por cuenta ajena? Pues eso ya lo hizo hace tiempo el panadero de mi barrio que va con su furgoneta vendiendo el pan de portal en portal o mi abuelo cuando en tiempos de la Guerra de África -ayer mismo, vaya-  se convirtió en el sastre del pueblo creando su propio negocio.

¡Que me digan a mí qué autónomo no es emprendedor! ¿Y a cuento de qué entonces tanto alboroto con el dichoso emprendimiento?

¿Qué es lo que pasa? ¿Qué en el sistema actual nos arrastran a trabajar cada vez más por cuenta propia? Pues escúchenme señores, si el empresario de toda la vida, el que abrió una tienda de muebles hace 20 años con toda la vocación y el cariño del mundo ha tenido que cerrarla ¿Por qué se anima ahora hasta al último mono a crear su propio negocio? ¿Qué posibilidades de éxito tiene? ¿Los conocimientos empresariales se generan por ciencia infusa o es que se presupone que los estudios de mercado son una inutilidad con la que nos engañaban hasta ahora? ¿Se presupone acaso que la formación empresarial necesaria para iniciar un negocio nos la han impartido en los ciclos de educación obligatoria?

Creo, sencillamente, que están intentando escurrir el bulto. Hacer que este gravísimo problema que hay en España, que es el desempleo, deje de ser su problema. Cuantos más autónomos, menos gente a la que se despide ¡Se despiden ellos solitos cuando cierran!

Por otra parte, creo que no es necesario ahondar en las grandes ventajas de las que gozan los autónomos cuando tienen que cerrar su proyecto emprendedor…

Muy señores míos, para empezar, la palabra emprendimiento no existe -aunque de tanto usarla la RAE, que también admite tacos, la incluirá en su próxima edición- y el hecho de emprender, es el empujón que le están dando a todo el mundo para que se tire a la piscina: el que sepa nadar muy bien, pero el que no sabe… ¡qué no se hubiese metido ¿no?!

Visita al INEM

Publicado: 14/05/2013 en Divagaciones
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Logo del INEMHoy me tocaba fichar en el INEM

No hablo de sellar, que gracias a Dios –sospecho que poco tiene que ver Él con esto, pero es una forma de hablar- ya se puede hacer por Internet, si no que tenía una cita con… creo que es una trabajadora social o algo así, que se supone que me ayuda a encontrar trabajo por pertenecer a un “colectivo especial”…

La verdad es que, al final, es una especie de terapia de grupo en la que ella espera que le cuente mis penas y aprovecha para contarme, igual no las suyas, pero sí lo que se ve desde ese puesto que tiene. Así que, encontrarme trabajo, evidentemente no me lo encuentra, no tiene súper poderes y tampoco anima mucho que digamos.

De hecho, yo, que empatizo con mucha facilidad, he terminado poniéndome en sus zapatos, aunque sospecho que el objetivo de la cita era que se pusiese ella en los míos…

Y es que, para alguien que tiene pinta de tomarse en serio su trabajo, debe ser muy frustrante citarse cada dos meses con cada persona para comprobar que todo sigue igual. Qué desde este lado no podemos hacer mucho y qué desde el suyo tampoco. Qué la pagan por mantener el tipo, porque es como un panadero al que no le proporcionan harina.

Y es que sospecho que lo mejor que le puede pasar es que alguien no vaya a verla un mes. Que falté a su cita. Y así soñar que es porque encontró un trabajo. Seguro que es lo que nos desea a todos cuando nos levantamos de su mesa, pero no lo verbaliza porque sabe lo improbable que es.

De hecho, en nuestra conversación, que bien podía haber estado acompañado de un té y unas pastas, no he querido preguntarle si eso ocurrió alguna vez. No he querido hacer leña del árbol caído.

Aunque ayudarme, no me ayudó nada -poco podia hacer- agradezco su comprensión y su tenacidad para recorrer una y otra vez los distintos portales de empleo para “mi colectivo”, comprobando una vez más si es que se nos habia pasado alguna oferta de trabajo… De sobra sabiamos las dos que no se le ha pasado nada, es que no había

Pero no quiero que este momento de divagación conjunta con la señorita de la Oficina de Empleo sea un post de autocompasión. Qué mirarnos el ombligo y lamernos las heridas -parece que estoy hablando de un piercing infectado o algo así- no sirve de mucho, por no decir de nada.

Esta divagación tiene dos objetivos. Explicar que, aunque esta mañana me apetecía cero ir hasta allí, no estoy por la labor de matar al mensajero -mensajera en este caso-, qué bastante tiene con lo suyo; y también quiero agradecerle públicamente que no me haya hablado de emprendimiento.

Esta palabreja tan de moda en el entorno del desempleo –es decir en España-, tendrá un post propio, pero hubiese cambiado totalmente mi percepción del puesto y la actitud de esta mujer, creedme.

En fin, que al cierre de esta reunión -que terminó cuando me llamaron del cole para decirme que la niña estaba mala, si no hubiésemos seguido horas dándole vueltas a la inmortalidad del cangrejo– yo he salido más triste de lo que entré por la amargura de su trabajo, en el que es muy poco probable que tenga un día bueno. Sospecho que, en teoría, yo era la que tenia la peor parte de las dos… Pero, al fin y al cabo: No hay mal que cien años dure. 😉


flores ¡Pues ya está! ¡Ya lo conseguí! Ya soy una mujer florero

Y es que hay que tener mucho cuidadito con lo que se desea, que como te descuides se cumple y ya la has liado. Y encima no te puedes quejar, porque es algo que tú querías.

No es la primera vez que me pasa. Hace apenas dos años y medio yo me creía muy graciosa cuando decía: “yo de mayor quiero ser Felipe”.

Felipe era un compañero mío, asesor de mi jefe, que no daba un palo al agua, pero que tenía un sueldazo… y siempre se quejaba de todo el trabajo que tenía pendiente. Mientras, nosotras estábamos hasta arriba de trabajo y terminábamos por hacer esa tarea que le habíamos solicitado a Felipe para poder seguir adelante con nuestro propio tapón laboral.

Pues en apenas de seis meses os juro que mi petición se hizo realidad. Me convertí en Felipe. Evidentemente no fue de forma literal pero casi: heredé su cargo, su mesa y su silla y hasta su número de teléfono. Sólo falló un detallito: el sueldo.

El resultado fueron meses de aburrimiento sin límite, porque una vez conseguido el objetivo comprobé que eso de estar todo el día mirándome el ombligo y para colmo igual de pobre que antes, pues no me gustaba nada.

Fueron sólo cuatro meses, pero créeme que me dio tiempo a leer los más de 600 correos tontos que tenía almacenados en Hotmail. Desde la cadena solidaria, hasta el chiste más malo del mundo, pasando por ese en el que te piden que reenvíes el correo en cuestión a “nosecuanta” gente para que no se te caiga el pelo en tres horas o el del niño que necesita que le donen un riñón -que espero que haya tenido suerte porque el mail tenía 16 meses de antigüedad-.

En esa época también hacíamos bromas con frecuencia sobre la ocurrencia que tuvieron las feministas de los 60 y 70 al incorporarse al mundo laboral y la supuesta liberación de la mujer que al final nos ha llevado a trabajar dentro y fuera de casa, con menos sueldo y aun menos reconocimiento.

En esos momentos solíamos decir que para eso, mucho mejor en casita tranquilas, con la mopa y mucho tiempo para ir al gimnasio, a los museos y desayunar tortitas con nata con las amigas.

Y “voilá” unos meses después ya soy mujer florero. Bueno, mujer florero y parada para ser más exactos. Y tal y como están las cosas creo que puedo ir mañana mismo a “los chinos” a buscar unas bonitas flores de plástico para ponérmelas en la cabeza, porque como las compre naturales, no me va a dar el subsidio del paro para mantener frescas ni unas margaritas. Bueno, ni para eso ni para los museos, las tortitas con nata, ni casi la mopa.

Así que, a partir de ahora me voy a tomar mi tiempo para meditar mi siguiente deseo y a estudiar porqué nunca funcionan con los temas relacionados con la lotería.