Posts etiquetados ‘Divagaciones’


Hace varios meses -tantos como faltas he tenido es esta sección de Divagando con…Diego Caminero y yo acordamos el tema de ‘los viajes’ como un buen punto de partida para nuestras respectivas divagaciones.

Él cumplió con su parte como un profesional que es, y yo, fui absorbida por el día a día y le di un inexcusable (a la par que involuntario) plantón. Perdóname Diego. No voy a soltar ningún rollo sobre lo complicado de la vida de una cangreja sin mar por que sería un despropósito para el resto de las complejidades. Agradezco enormemente tu disposición y espero poder resarcirte. Mientras encontramos la forma de expiar mis culpas os dejo su texto y espero que todos podáis disfrutar y llevaros algo de lo mucho que aporta el Psicólogo de Mr Hyde (blog que desde luego os recomiendo).

image

image

Todo viaje comienza dentro de uno mismo

Según vamos deshojando el calendario en su avance inexorable hacia el verano, van apareciendo preguntas en busca de respuestas: ¿playa o montaña? ¿con amigos o familia?

Supongo que estarás empezando a la paladear el tema de esta divagación: los viajes. Sí, quizá en su formato más vacacional. Previo paso de consulta de esa tacañona virtual que es nuestra cuenta corriente, claro.

Viajar es uno de esos conceptos en los que cada cual tendremos un sin fin de matices y emociones que complementarán la definición de la RAE, seguro que mucho menos interesante.

Los primeros viajes que recuerdo vienen de la mano de mi abuelo Alejandro. En un medio tan excitante y fuera de común como era el metro. Cuando apenas te levantas medio metro del suelo las distancias son enormes. Ir a casa de mis abuelos dentro de esa serpiente larga y ruidosa que iba y venía por el túnel de la línea 5 era toda una experiencia. Supongo que los niños de antes nos sorprendíamos con mucho menos.

Claro que también estaban los viajes a ese otro recinto mágico: el parque del Retiro. Nadie lo sabía, pero mi hermano y yo teníamos la misión secreta de llenar bolsas y bolsas de castañas. Que no menos mágicamente mis padres hacían desaparecer a su debido tiempo, por supuesto. El ciclo del reciclado cósmico.

Cuando creces, también crecen exponencialmente las distancias que recorres. Si de pequeño los viajes veraniegos cargados de bártulos a la costa levantina me parecían una odisea, ahora voy y vengo de destinos más lejanos en un fin de semana, sin pestañear.

Cuando creces, la ilusión y la magia infantiles no desaparecen, sólo se transforman. Un viaje de los buenos es una experiencia de cambio, que empieza mucho antes de hacer la maleta y dura hasta la infinidad a base de anécdotas. Hay viajes que son la antesala de más viajes.

Viajar es tanto conocer gente nueva como conocer nuevas facetas de ti mismo y de los que te rodean. Bill Murray, ese sabio cazafantasmas despeinado, aconseja que, antes de casarte con tu pareja, hagáis una vuelta al mundo durante un año… A la vuelta, si aún hay amor, casaos en el mismo aeropuerto. Vale, el bueno de Bill tiene un buen colchón, pero entendemos lo que quiere decir.

En un viaje de los buenos las máscaras se van fuera, porque viajar es compartirse. Tras un interrail que hicimos por media Europa, casi un mes dándolo todo con unos fondos irrisorios, me quedaron claro dos cosas: que no volvía a probar el salchichón en uno (día sí y día también, el embutido más barato) y que tenía dos amigos para toda la vida. Que ahí siguen.

El estilo de viajar también nos define. ¿Eres mochilero o de pulsera? En mi caso, este espíritu de interrail ha evolucionado a viaje de carretera y ver muchos sitios con libertad y buenas compañías. Equipaje ligero pero con algo más de comodidad dentro de lo posible.

Cuando uno ha viajado lo suficiente, se da cuenta que también se puede viajar sin moverse demasiado de nuestro entorno habitual. Porque viajar es también una actitud mental en este recorrido que es la vida. Es la capacidad de sorprendernos, desaprender y aprender cosas nuevas. Desarrollar nuestra actitud del viajero, más que de turista, nos facilitará cambiar y llegar a nuestras propias verdades, que nos permitan disfrutar más del camino, sea el que sea.

Ikram Barcala

¿Viajar o desplazarse?

Es curioso que Diego me prepusiese el tema de los viajes como punto de partida para nuestra divagación conjunta. Para mí, los viajes son, entre otras cosas, mi forma de vida. No es que sea un alma aventurera, mochila al hombro, que se dedica a recorrer mundo, si no que es mi profesión. Mi trabajo. Lo mejor y lo peor de mi vida laboral. 

Me dedico a crear en los demás ganas de viajar. A descubrir rutas y destinos que sean lo suficientemente tentadores como para ponerse en marcha. 

En este momento, mi trabajo son los viajes, en el sentido estricto de su definición. Pero hace ya años que lo eran también, aunque de una forma muy diferente.

Hace años me dedicaba a la promoción cultural. A la difusión de artes escénicas y plásticas. Es decir, a acercar el viaje intelectual que otros crearon para ti y que va a tu encuentro para trasladarte al S.XIX a través de una ópera; al Hamburgo de los muñecos de guiñol; al escenario intercultural de Robert Lepage o al mismísimo Japón con el estruendo de sus tambores.

Y es que, hay que distinguir entre desplazarse y viajar. Puedes desplazarte a lo largo y ancho del planeta sin haber viajado más allá de tu propia realidad, o puedes estar físicamente anclado en un sillón y viajar de la mano de Kenize Mourad al antiguo imperio otomano.

Viajar no es una cuestión de espacio/tiempo, si no más bien, de abrir tu mente y dejarte llevar.

¿Los mejores viajes? Para mí, sin duda, aquellos en los que tu cuerpo va a otra cultura, y tu mente y tu corazón se emborrachan de ella. ¿Y el tuyo?


Este “Divagando con…” posiblemente parezca un poco fuera de fechas, en pleno mes del amor. Pero hay tres cosas ciertas: cualquier mes puede ser el del amor si las condiciones se dan (yo, por supuesto, voy a celebrar  San Valentín, con o sin Corte Inglés); la divagación conjunta surgió hace unos meses a raíz de un relato mío que dio pie a conversaciones sobre el tema con Cristina; y que, nos guste o no, la muerte puede aparecer en cualquier momento.

Pues dicho esto, sólo me queda agradecerle de corazón a Cristina su Divagación, que en este caso además supone una reflexión que es especialmente difícil.

20140203-224301.jpg

20140203-234405.jpg

Mi padre murió cuando aún no había cumplido dieciséis años y mi hermano estaba a punto de los ocho años, que se puede decir sobre la muerte a esa edad, como nos podemos enfrentar al hecho de esta pérdida y si es una muerta súbita como lo es un infarto y entre mis manos intentandole ayudar.

Como te enfrentas a los sueños que pican a la puerta y es tu padre ó que vienen avisar que la tumba esta vacía, de esa forma te enfrentas a esa corta edad, creyendo que lo que vives no es real. Te enfrentas a la vida cuando ves que tu madre no puede enfrentarse a un trabajo nuevo que le puede dar mejor sueldo y vuelve a su media jornada y tu con dieciséis recién cumplidos te vuelves en el sueldo grande de tu casa con tu nuevo trabajo.

Con los años no me gustaban las fiestas de Navidad y las celebraciones pues por ley natural fui perdiendo primero a mi abuelo materno y después pasado los años mi abuela materna y se hacía muy latente estas faltas.

Han pasado los años primero fueron mis hijos que llenaron la casa de ruido y alegría y después han llegado los nietos y estos son los que han hecho que las celebraciones y la vida este llena de alegría.

Tengo presente a mis seres queridos, pero no con tristeza, si no, con ese recuerdo que vive en mi, en ese legado que me dejaron, en eso que me trasmitieron. Ahora yo soy la abuela y puedo trasmitir y dejar un buen recuerdo. Eso es lo importante.

Hace unos años que cuido de mi madre, esta delicada y muy mayor y me hace pensar como me enfrentare a esa pérdida, si es que la ley de la naturaleza se cumple, espero tener esa fuerza para poder sobrellevar bien esa falta, esa pérdida. Espero que tenga una vida plena.

20131201-093846.jpg

Miedo silencioso

A lo largo de mi vida he ido perdiendo seres queridos poco a poco, o demasiado rápido, me temo.

De muy niña, un hermano, de cuyo trance me queda, más que el dolor propio, el recuerdo imborrable de ver sufrir a mis padres, la sensación de culpabilidad de mi otro hermano y el pánico invisible a que a mis niños les pueda pasar algo, por un tonto descuido.

Después mi padre. Cuyo luto, según los especialistas en la materia aún no he superado.

Y entre medias, abuelos, tíos, amigos… Demasiada gente. Muertes de todo tipo. Fulminantes, lentas y denigrantes, voluntarias. Dolorosas todas.

De mi familia nipona aprendí que no todas las culturas se recrean en el dolor como en la española. Recordando una y otra vez lo horrible que es la vida sin el ser querido.

Las tradiciones orientales se inclinan más bien a creer que es un paso a mejor vida y sobre todo, que en su paso por esta, lo que hay que hacer es recordar todo lo positivo que nos dejó. Alegrarnos y recrearnos en lo afortunados que fuimos por haberlos tenido a nuestro lado.

Una lectura mucho más sana y positiva, creo yo, aunque prácticamente imposible de interiorizar cuando te has criado en España.

Pero todo se aprende, y yo lo intento. Porque, hoy por hoy, la realidad es que, esos familiares y amigos que se fueron, me siguen doliendo. Los sigo añorando. Los recuerdo y revivo en mi interior, eso es cierto, sin necesidad de cementerios o aniversarios. Pero me siguen doliendo y han marcado de tal forma mi vida que temo despedirme enfadada con alguien por sí no le vuelvo a ver; no guardo vestidos ni vinos para momentos especiales, por si no llegan; y sufro cada minuto que se me va, por sí no hubiese más.

Si, lo sé, no es la mejor forma de encarar la vida. Trabajo en ello.

¡Feliz martes! Disfrútalo, ya sabes…


imageLa semana pasada se cumplió un aniversario muy muy especial: mi hija cumplió nueve años.

Como os podéis imaginar, con lo que yo soy, está celebrado y más que celebrado (y lo que te rondaré morena). Pero es que, ese día además, el 22 de enero de 2005, yo cumplía mi objetivo vital. El sueño de toda mi vida: ser madre.

Desde enana supe cual sería mi profesión. Pero desde más pequeña aún, supe que, si hay algo que quería en esta vida, era ser madre.

No fue una llamada de la Naturaleza. Ni que el cuerpo me lo pidiese. Sencillamente, siempre lo quise y lo tuve muy muy claro.

Por supuesto respeto a quien no haya sentido ese deseo. Pero si hay algo que me produce mucha lástima es, toda esa gente que no encuentra el momento. Y aún más, aquellos que quieren, pero no pueden ver colmado ese deseo. ¡No quiero ni pensar en lo desdichada que me sentiría yo!

Pero no voy a lamentarme por algo que, gracias a Dios, no ha pasado. Así que, suena bastante chovinista pero, ya podéis felicitarme ¡hace nueve años que cumplí mi mayor deseo! (Y tuve la fortuna de repetir hace tres) y encima con los hijos más maravillosos del mundo. ¿Se puede tener más suerte?


Desde los 11 años más o menos mido 1’50 cm. Y la verdad es que nunca tuve complejo de bajita. Sencillamente era bajita. Sin más. Sin darle más importancia.

Siendo aún una cría (o casi) tenía un novio muy alto que me decía que no me daba la mano porque se sentía como si llevase a su hermana pequeña de paseo -una gilipollez porque su hermana pequeña (y única) me sacaba ya dos cabezas-. Pero me daba igual.

No podía darle un beso por sorpresa, sencillamente porque no llegaba.

Por esa época, tampoco podía intercambiarme la ropa con mis amigas ni más ni menos que porque éramos de volúmenes corporales incompatibles. Pero no me importó.

Tras ese primer novio, siempre me gustaron los chicos muy altos. Yo decía medio en broma (creo) que era para que me alcanzase las cosas cuando yo no llegase y para mejorar la especie, porque así nuestros hijos serían más altos que yo. Por aquello de hacer media, vaya. Pero no había pena por mi parte. Me importaba poco.

Evidentemente, si hubiese podido elegir, me hubiese pedido 20 ó 25 centímetros más; y también me hubiese pedido el pelo rizado; y una tez más bronceada; y unos ojos que viesen mejor; y… Pero así soy yo y tampoco hay opción de pedir la hoja de reclamaciones, así que, no gasto energía en lamentos inútiles.

Sin embargo, hace dos semanas, de repente, me sentí muy bajita.

La empresa para la que trabajo, que es muy creativa y divertida, planeó para Navidad una fiesta bastante fuera de lo común. Pese a la fecha, no hubo ningún discurso, ni formalismos, ni dulces navideños.

Nos trajeron un par de disfraces de luchadores de sumo, de estos de goma espuma con los que podrías caerte desde un primero y no hacerte ni un rasguño.

El planteamiento era de lo más divertido. Todo el mundo participaba y se tronchaba mientras intentaba dominar ese cuerpo taaaan grande que de repente le pertenecía. Me parecía la situación más divertida que había vivido en mucho tiempo con diferencia. ¡Yo, que miraba con envidia a los niños en las camas elásticas y en los parques de bolas!

Y cuando llegó mi turno, tímidamente decliné la oportunidad de participar. Ni yo me lo creía….

De pronto, me había visualizado entrando por debajo de esos disfraces y dándome cuenta de que mi cabeza no asomaba ni siquiera por el cuello y me sentí taaaaan ridícula que no quise ni probar.

Y lo peor, mi reacción me decepcionó tanto a mi misma, que me arruinó el resto de la fiesta. A la hora y media dejaba a mis compañeros bailando como locos mientras tomaban mojitos para irme hacia casa. Al resguardo del hogar.

La realidad no era que fueses terrible que el disfraz me quedase grande, que ni siquiera tengo la certeza de que fuese así. Si no que mi inseguridad hizo florecer un complejo estúpido que nunca tuve y de lo que siempre me reí.

Y el problema es que, o refuerzo mi autoestima en este campo de mi vida, o el efecto secundario no va a ser perderme una fiesta divertidísima, que lo era, si no mi rendimiento y mi capacidad para disfrutar en el trabajo.

Asignatura pendiente para 2014: Seguir siendo una bajita sin complejos 😉

Paciencia ¿infinita?

Publicado: 08/11/2013 en Divagaciones
Etiquetas:, ,

Hace tiempo, en un viaje a Escocia, me vi atrapada en un atasco tremendo por una carretera local.

Iba en un autobús turístico y según las nacionalidades, se veían claramente las diferentes actitudes de unos y otros ante la espera.

Yo, la verdad, estaba alucinada. Los pasajeros del autobús estábamos de vacaciones, así que poco teníamos que perder. Pero todos los ocupantes de los vehículos privados me imagino que tendrían unos horarios, unas obligaciones que cumplir. Sin embargo, tomo el mundo permaneció en su automóvil, tranquilo y sin aparentes muestras de impaciencia.

No soy el ser más paciente del mundo, la verdad. Lo cierto es que, si tengo que hacer cola en una tienda para pagar o para el probador, me marcho, aunque haya pasado horas eligiendo la prenda en cuestión.

Aquel día, mientras estaba en el autobús, me imaginaba esa misma situación en una carretera española. Seguro que los pitidos y las voces habrían empezado a sonar desde el primer minuto; y seguro que también, más de uno sacaría a pasear todo su mejor repertorio de palabras mal sonantes o incluso, su estupendo cuerpo del coche para “saber que cojones pasaba allí”.

Sin embargo, ahora compruebo con estupefacción (y no sé si con alivio o indignación) nuestro nivel de aguante. Situaciones de explotación que soportamos sin imutarnos. Colas inmensas ante servicios cada vez más inexistentes…

No sé si nos ha salido callo o somos unos pasotas.

Si nos hemos vuelto más educados o más borregos.

Si nos da todo igual o simplemente no consideramos productiva otra actitud.

Si somos más comprensivos con las contrariedades o nos da miedo reaccionar.

Y lo digo de verdad, no lo sé.

Escribo esto mientras espero 45 minutos a un autobús que realmente debió salir hace 30… como me viene pasando las dos últimas semanas.

Si sé que yo no cargaré tintas contra el conductor, porqué estoy segura de que aguantar nuestro mal humor no es parte de un sueldo, que casi seguro que no ha parado de disminuir de un tiempo a esta parte.

¡Feliz viernes!

Mi cabecita, esa gran desconocida

Publicado: 22/10/2013 en Divagaciones
Etiquetas:

sala antigua

Es curioso. Llevaba dos años (realmente más de 24 meses, casi 36, que se dice pronto) esperando esta noticia. Por fin hoy ha llegado. Sin embargo, mi reacción me supera a mi misma. 

Primero, cuando me he enterado, sencillamente me he puesto como un flan. Osea ¿he estado tranquilísima durante todo el proceso, sin inmutarme, como si no fuese conmigo la historia y ahora que ya está hecho el “trabajo sucio” es cuando me da por temblar? Pues no le veo yo mucho el sentido.

No sé si es para prepararme inconscientemente por si las cosas no salían bien o porque realmente no podía salir peor parada de lo que ya estaba, con lo cual, todo sólo podía ir a mejor. 

Hasta ahí todo bien. Pero mi segunda reacción ha sido ponerme a llorar. Sí, a moco tendido. Con angustia y desconsuelo.

Esto ha sido cuando el lado malo de la historia (toda historia, por buena que sea, tiene un lado malo) se ha evidenciado. ¡Pero no era novedad! Lo he sabido desde el principio. 

Pues aquí estoy yo, celebrando mi gran noticia agarrada a un clinex. ¿Hay quien entienda algo?


flores guardeAyer mi pequeñajo terminó su época de guardería y yo me emocioné.

¡Sí, me emocioné como una pava y, su profe del año pasado -la de este es un poco más siesa- y yo, terminamos llorando como dos adolescentes y con un nudo en la garganta que no nos dejaba ni articular palabra. despedida guarde

Tampoco había mucho que decir, o por lo menos muchas cosas que no se sepan ya, aunque me hubiese gustado ser capaz de decirlas: Que muchas gracias; que entró aquí sin hablar y sin saber caminar y me llevo ya a un hombrecito; que hay que ver lo gracioso que está con los ejercicios de yoga que le has enseñado y que él mantrea con un novedoso ritmo pop; … Tantas cosas que agradecer y recordar y que la angustia y emoción del momento no nos dejó expresar…  

La verdad es que lo pienso y alucino conmigo misma. Ya me imagino que esto no dependerá de la madurez de las personas por que si no, voy apañada. 

Mientras, mi hijo, que ya de por si es bastante pasota y que no veía nada nuevo en el horizonte, seguía a su bola corriendo y trepando por los columpios de la guarde sin querer marcharse.

Nos miró un momento y alucinó. ¡Si mi hija mayor no entiende que se pueda llorar de alegría o de emoción, no voy a pedir que lo entienda un renacuajo de dos años y medio! 

Tras poner en riesgo su vida unos tres millones de veces en los 10 minutos que tardé en hacerle salir de la guarde, su profe seguía emocionada viéndole partir mientras que yo podía ver también, claramente, el bocadillo imaginario que salía de su cabeza y en el que ponía “Por Dios Lucas, que nos ha costado mucho mantenerte entero estos dos años, no la líes justo en el último momento”.

Sé que al cerrarse la puerta respiró con cierto alivio, por que mi hijo le hace sudar tinta hasta al más pintado, pero que a la vez le echará mucho de menos, por que ella es una persona muy sensible y cariñosa a la que le tengo que agradecer su atención y su cariño estos dos años -de esos que no se hacen por dinero, si no por vocación-.

Sé que le recordará con cariño porque, si bien Lucas te mantienen en vilo a cada instante, es de los que deja un vacío cuando sale por la puerta.

Y aquí estoy, con mi hombrecito que en un mes irá ya al “cole de mayores” que tanta ilusión le hace y robándole siempre que puedo todo tipo de mimos, arrumacos y besitos, porque ya se me escapa mi bebé.

Ya veis, esta vez os tocó post sentimentalón, pero es que tengo un pitufo (cacufo en su idioma) que me tiene enamoradita y un reloj que pasa muuuuuy deprisa y me roba los instantes sin piedad.  

¿Vacaciones?

Publicado: 31/07/2013 en Divagaciones
Etiquetas:, , ,

20130731-000130.jpg

Hoy, según mi plan de trabajo autoimpuesto en el blog, toca Divagación. De esas de irónicas, con las que tirar la piedra y poner cara de “yonofui”. Pero lo cierto es que no me sale. No estoy yo en ese momento.

El sábado comienzo las vacaciones¡yupí!

¿Yupi? ¿Y por qué no me siento impaciente? ¿Por qué no estoy contando los días?

Pues sencillamente, porque después de 19 meses a mí, lo que me pide el cuerpo es trabajar.

No es que no necesite desconectar. Descansar. Disfrutar con mi gente y mi añorado mar. ¡Qué nadie lo intérprete así, por Dios!

Es, sencillamente, uno de los daños colaterales del desempleo: ese injusto sentimiento de culpa que entra al disfrutar del tiempo libre.

Lo siento amigos cangrejos. Esta vez tocó un post un tanto amargo. Prometo compensar 😉

¡Felices vacaciones a todos!


Ya sé que estas cosas se hacen a principio de año, a la vuelta de las vacaciones, en el comienzo de una etapa…  Pues yo lo hago ahora, en medio de la nada temporal. Cuando me he dado cuenta de que es realmente necesario ¿Eso puntúa doble no?

Pues si, un 23 de julio, declaro solemnemente que no volveré a ser impuntual. O eso creo/quiero -mierda, como empecemos con las dudas…-. Reloj de Dalí

La verdad es que yo, como cangreja soy rara, pero como periodista no veamos.

Hasta no hace demasiado (aunque algunos lo hayan borrado de su mente -sin acritud-) yo era un ser extremadamente puntualNo sólo llegaba a mi hora siempre, si no que prefería llegar 15 minutos antes que hacer esperar a nadie.

Y me ponía absolutamente histérica cuando, por algún motivo totalmente ajeno a mí, por supuesto, llegaba tarde a alguna cita.

De hecho, llevaba el reloj adelantado para que esto no sucediese ¡jamás! -pues buena soy yo-. 

Los periodistas siempre han (¡uy! ¿por qué no me ha salido hemos?) tenido fama de impuntuales. Y si le sumamos que ni fumo, ni tomo café, ni juego al mus, ni estoy divorciada, ni soy alcohólica, más de uno se ha quedado con ganas de pedirme pruebas que demostrasen mi paso por la Facultad de Ciencias de la Información (lo del título es casi lo de menos).

Pues bien, de un tiempo a esta parte he empezado a fallar en una de mis rarezas de forma repetida y cabreante. Y es que ¡llego tarde a todas partes!

Desde luego que desconozco el motivo, porque sigue sin gustarme que la gente sea impuntual y, por su puesto, no es por falta de consideración hacia las personas con las que quedo -¡Dios me libre!-.

DespertadorEs que, llega un momento en el que me quedo atrapada en la burbuja del tiempo y cuando miro el reloj ya no hay remedio: ya es la hora en la que tendría que estar en el sitio convenido y ni siquiera estoy lista para salir.

Luego, si no me encuentro un atasco, pierdo las llaves o me tengo que dar la vuelta a por el móvil o surge cualquier cosa que termina de liar algo que ya empezó mal.

¿A ti no te a pasado que miras el reloj y ves que tienes tiempo de sobra, te pones a ordenar tres camisetas y cuando vuelves a mirarlo ha pasado ¡una hora y media!?

Pues bien. ¡Se acabó!

No sé que es lo que hace que llegue tarde a todas partes, pero lucharé con mis todas mis fuerzas cangrejies para que no siga pasando. ¡Qué el tiempo es muy caro, para mí, y para el resto de la humanidad (y del reino animal, por supuesto).  

Comenzaré a usar reloj de nuevo.

Me llenaré de alarmas que avisen de la alarma que sonará un tiempo antes de la hora de salida.

Pegaré post- it por toda la casa o me flagelaré por cada minuto de retraso ¡pero esto no puede seguir así! Que me veo venir y yo cuando empiezo, no puedo parar, y después vendrá el tabaco, el café (hay veces que incluso tomo un capuchino, creo que por aquí también empieza a entrar agua en el barco), el divorcio (y no estoy ni casada, lo que sería muy lioso) y la botella de DIC… ¡Hay que pararlo como sea!

Así que, ciudadanos del mundo: ¡se acabo la impuntualidad para esta cangreja!

¡Muack!

PD: Este post está especialmente dedicado a los Tocayos al Cuadrado y a Aludido, que lo sufren con muuuucha frecuencia (aunque este último es cómplice en más de una ocasión -cosa que, por su puesto, no reconocerá-). 


Creo que hoy vuelvo a hablar de mí. ¡Qué rrrrrraro!

Egocéntrica que es una.

Si quieres un día también hablamos de ti… Me das dos pistas y verás como algo sale, pero de momento en mi blog, la protagonista soy yo (¡toma chula!) -música de culebrón de fondo-.

Bromas a parte, es que ayer viví uno de esos episodios desquiciantes pero frecuentes, al menos en mi vida: cuando buscas eso que no sabes dónde has dejado, pero que cuanto lo colocabas donde quiera que esté, lo hacías consciente de que elegías ese lugar para tenerlo bien localizado

agendasComo utilizo dietario de los de toda la vida (sí, yo, la adicta a iPhone), y me gustan los que siguen el calendario escolar, pues en los meses de verano ando a dos bandas entre el que acaba y el que empieza. Porque la cita para el dentista te la dan para esta semana y no hay problema, pero la del ginecólogo es para septiembre, y entonces necesitas ya tirar de la nueva.

Pues eso, que llevaba mis dos agendas en mi masificado bolso mientras solucionaba unos cuantos papeleos que tenia pendientes, cuando decidí sacar la agenda nueva del bolso para aligerar el peso.

Recuerdo perfectamente mi pensamiento de “mejor la dejo aquí, no la vaya a perder. Qué dentro van los volantes del médico y así está a salvo y a mano”.

¿A mano? ¿Qué mano? ¡Por que una hora y media después no aparecía por ningún lado!

Y miré en todos los “a manos” posibles.

Y en los imposibles.

En los sitios más lógicos.

En los ilógicos.

Y donde debía estar.

Y en la nevera por si las moscas…

Y en esos momentos, en los que tienes la total certeza de que está delante de tus narices pero no la encuentras, es cuando notas su mirada -sí, la de tu agenda-, clavada en tu nuca, te das la vuelta y no la ves…

Sabes que ella, pese a ser una libreta (con calendario o sin él, no es más que una libreta) te mira fijamente y se ríe de ti mientras piensa (o incluso dice, quien sabe) ¡chincha qué no me ves! ¡qué no me coges!

Y llegas a un punto en el que te invade la rabia ¡joder, si yo la dejé donde más al alcance estaba!

Y te das cuenta de que no sólo una libreta te está tomando el pelo y se está riendo de ti, si no que además, ha absorbido toda la inteligencia que te quedaba porque, a todas luces, una libreta no habla, ni piensa, ni se esconde… Así que, es mejor dejarlo.

¡Cuanto aparezca, aparecerá! (grandes afirmaciones de la humanidad) por que ahora estás “atorada” y no vas a sacar nada en claro.

Por la tarde, cuando fui a coger el coche, me di cuenta de que ese sitio tan “a mano” era la guantera del coche, que en ese momento era muy lógico, por que estaba en el coche de un lado a otro y yo no quería cargar con más cosas de las necesarias en el puñetero bolso…

Del Libro de Familia aún no sé nada ¿alguna pista?

😉


El título no es muy original. De hecho, se lo he tomado prestado a la maravillosa película de Isabel Coixet que a todos os recomiendo (aunque me imagino que la mayoría ya la habéis visto, pero no está de más verla de nuevo, eso sí, con una caja de clínex al lado).

no toiSin embargo, no pretendo robaros un poquito de vuestro tiempo para contaros cómo imagino mi vida una vez que yo no esté (me dan yuyu esas cosas), ni para confesar que tengo una enfermedad incurable y estoy en las últimas (todo el mundo a tocar madera se ha dicho ¡todos!) o hacer un testamento vital (eso sí debería hacerlo, aunque creo que este no es el lugar adecuado) si no para confesaros que yo, no soy yo

No hablo ahora de mi desdoble de personalidad entre la vida en horizontal y la vertical (dormida y despierta, que nadie afloje su imaginación más de la cuenta), si no que yo no soy realmente un cangrejo (lo sospechabais ¿eh? chic@ list@!  A ver quién se cree que un cangrejo pueda darle al teclado con esas pinzas tan toscas que tienen) Pero hay más, no me llamo Ikram (total, seguro que el 90% de vosotros aún os estáis preguntando qué c… de nombre es ese y el 98% no habéis conseguido ni memorizarlo -No dudo de vuestra inteligencia, si no del acierto de mi existencia-).

El caso es que soy un ser enteramente virtual. Sí, como lo lees. Que cuando apagas el ordenador o sales de esta página, dejo de existir. Y soy real, en la medida en la que me lees o que me escriben o me recuerdan…  Bueno, siempre que a ninguno de vosotros os de por imprimirse mi foto y ponerme cual póster de Samantha Fox de cuerpo entero en la habitación o en una carpeta.

Menos risas, que en mi caso sería más fácil. Lo primero porque de cuerpo entero abulto poco y podéis hacerlo desde una impresora cualquiera. Y lo segundo, porque es incluso más fácil encontrar una foto mía desnuda que del mito erótico de los 80… Los cangrejos no solemos gastarnos demasiado en trapitos y de hecho, creo que no tengo ninguna foto vestida.

¡Vale! Soy consciente de que los cangrejos no somos muy eróticos… Eso se lo dejamos a otros habitantes marinos… (sí, los percebes,  las ostras y las chirrrrrrrrlas, qué parece que hoy andas un poco espes@).

Pues como os iba diciendo, sólo existo en la medida en la que esté en el ordenador y la mente de cualquiera de vosotros y los Srs. de Jazztel (lo de señores en estos momentos es un eufemismo, porque estoy más cabreada que una mona –desconozco si es cierto que las monas se cabrean mucho) me han dejado sin conexión a Internet desde el viernes pasado… (Lo que me lleva a confesar que los post del sábado, domingo y lunes estaban programados y que éste que escribo ahora y que es el correspondiente al martes, no sé cuándo podré colgarlo…).

Y la inaccesibilidad al blog va ligada también al correo electrónico, a Twitter (venga, aprovecho para recordaros mi cuenta (@IkramBarcala) y en definitiva a todo mi yo. Vamos, qué vivo sin vivir en mí. Qué veo como transcurre mi vida sin existir hasta que a estos Srs. (continua el eufemismo) de Jazztel les dé por devolver la conexión a mi humilde morada.

Pero claro, no puedo explicarles la gravedad del asunto. Primero porque sin conexión no existo; y segundo, porque no me iban a tomar en serio

Muchos verán en este caso una sesión de cura a mi adicción a las redes sociales, que yo ya he confesado de antemano que padezco. Pues me parece genial… ¡para quien se quiera curar! Yo es que estoy tan pichi con mi cuerpo de cangrejo viniendo aquí de vez en cuando a echarme unas risas con vosotros y viendo que me contáis, así que, como no le veo el lado malo a esto, pues no sé por qué voy a tener que dejarlo.

Así que no. Qué no me curen. Qué paso ¡y qué me devuelvan mi conexión! Qué si eso, cuando me dé por ahí, ya haré yo por irme a alguna cala con mala cobertura y punto. Mientras tanto ¡Por favor, déjenme existir!

¿Recogemos firmas para que me devuelvan la conexión?

 

¡Besos a todos! Y… si alguien lee esto, estoy significará que vuelvo a estar viva (juraría que este tipo de testimonio en las pelis suele ser al revés: “si lees es esto significará que los peores presagios se han cumplido”, y cosas así ¿no?

Pues eso

¡MuacK!

¡Hasta que Jazztel quiera!

PD: Si a alguien le da por hacer lo de la foto de cuerpo entero, que me lo diga y se la envío con dedicatoria 😉

 


Ayer empecé a ver, con mi hija, una serie de dibujos animados de mi infancia.

La verdad es que ella ya la había visto también por su cuenta -pero hacía tiempo- y yo no recordaba gran cosa de cada aventura. A grandes rasgos me acordaba de los personajes, la filosofía de cada capítulo, de que sus protagonistas eran tan entrañables que mi amiga Ana seguía creyendo -al menos hasta la última vez en la que hablamos del tema y desde luego las dos teníamos más del cuarto de siglo- que eran reales… y poco más. Pero ayer presté atención a ese primer capítulo que, la verdad, me sorprendió muchísimo.

La serie no es otra que David el Gnomo y os invito a que veáis al menos los primeros tres minutos de este primer capítulo (ojo que engancha y al final ves el capítulo entero).

Mi reflexión de hoy (que no divagación) es que, si con dibujos como estos que hemos visto todos los niños nacidos en la España en los setenta, muchos de los niños de los 80 (así como los hijos de los padres más pesados de estas generaciones, entre los que evidentemente me tengo que incluir), el planeta está como está; Si viendo auténticos alegatos a la ecología y discursos que parece sacados del partido de los verdes del municipio de turno; si nosotros que hemos mamado este tipo de mensajes tenemos el planeta (país) como lo tenemos ¿Qué va a pasar en un futuro con las generaciones que lo que aprenden y ven cada día de sus héroes de turno está basado en peleas, luchas, adolescentes monstruosas con pinta de prostitutas de ciudad, etc?

Es cierto que la mayoría de los dibujos de aquella época eran muy moralistas y todos llevaban un mensaje implícito de conductas políticamente correctas (ya, aquí vendrá alguno con la polémica de Epi y Blas) y parece que no nos ha afectado demasiado. Así que, lo único que puedo desear es que a las generaciones de niños actuales tampoco les afecte en gran medida todo lo que devoran cada día en televisión y cine. 

Lo sé. Me ha quedado un sermón muy viejuno. Serán los años, que hacen mella.

¿Conocías/recordabas este discurso ecologista de David el Gnomo? ¿Qué dibujos de esa época son los que más te impactaron?

Dibujo de David el Gnomo


Post -it en el que dice:por fin es viernes. SmileHoy es viernes, así que todo el mundo debería estar más contentó que unas pascuas.

Conectas Twitter y el mensaje más leído es

-“¡¡¡¡Por fin es viernes!!!!”

Así, con muchas exclamaciones. Como de estar muy muy contento.

Yo no he conocido a nadie que no le gusten los viernes. Y si lo hay -que de todo hay en la viña del Señor-, seguro que la presión social le impide confesarlo. A ver quien es el guapo que dice :

– “No, a mi lo que me ponen son los lunes, con su vuelta a la rutina y su madrugón”.

Pues bien, a mí, por lo general, me fastidia cuando las cosas te tienen que gustar por narices. Porque a todo el mundo le gusta.

Por ejemplo, en Navidad hago un gran esfuerzo, pero la verdad es que hasta que llegaron los niños me ponían más bien nostálgica. Ahora creo que sobreactúo tanto que término por creérmelo… No, no es cierto. Es que les veo tan entusiasmados que me lo contagian.

Los cumples… Fantásticos todos… menos el mío. No por hacerme vieja, que eso se nota día a día. No es algo que pase de golpe -aunque el comentario más frecuente, y estúpido, es “¿y qué, cómo te sientes con XX?”-. Es que nunca me gustó demasiado.

Se supone que todo el mundo te llama y te felicita. Y tienes una marcha loca y una fiesta que es la pera… Pues bien, soy de principios de agosto y le pilla a todo el mundo preocupado por dónde colocar la sombrilla y con el propósito de olvidarse de relojes y calendarios ¡Y vaya si lo consiguen! ¡Hasta mi madre, que nunca va a la playa ni pone sombrilla!

Ya llevo en mis espaldas el trauma de no poder llevar nunca caramelos a clase. Eso, que tu que eres de octubre o abril no entiendes, me ha dejado marcada de por vida. Estaba esperando a tener hijos para que llevasen los caramelos más ricos del mundo y ahora resulta que eso ya ni se estila (molan más las piscinas de bolas y los hinchables) y encima está prohibido en los coles…. Y ahí sigo yo, con mi trauma sin cicatrizar y sin resarcirme.

Volviendo a los viernes. A mí personalmente, no es que me disgusten, pero no es mi día preferido. No entiendo tanto alboroto.

Para empezar, hay que madrugar igual que el resto de la semana. Los niños y el Sr. Aludido -y yo, claro- acarrean el cansancio de toda la semana con lo cual, están a la que saltan o no pueden con su alma.

Es el día que intentas dejar todo hecho (que dicho sea de paso es imposible) así que, te das una paliza para intentar luego disfrutar del fin de semana y te acuestas molido y con cierta frustración porque obviamente no lo has conseguido…

El súper esta llenó, porque todo el mundo hace lo mismo.

El parking del cole esta lleno porque ese día va papi, mami y si pegan los abuelos a por los niños, pero eso si, cada uno con su coche.

Las carreteras están llenas porque todo el mundo escapa para aprovechar el fin de semana.

¡Hasta el cesto de la ropa está lleno con todo lo que hay pendiente de lavar de esa semana!

Pues nada, que muy bien. ¡Qué feliz viernes a todos, que yo me quedo con los sábados, que por lo menos puedo remolonear en la cama, no hay cole y como el viernes parece que todo quedó solucionado -mentira cochina-, tengo todo el día para disfrutar!

Muack!


Hoy publico un post que, seguramente, tendría que haber sido el primero de todos, para que supieseis de qué pie cojeo. Perdón, es una expresión (creo que poco afortunada).

Cojear no cojeo. Ya tengo bastante con mi dependencia a las súper micro lentillas (aprovecho para confesar que esa, que tiene bastante afán de protagonismo, es la del ojo derecho. Que en el izquierdo llevo una auténtica manta zamorana, igual o más súper que la micro, pero tres veces más grande. A ver si ahora va a coger celos la del ojo izquierdo y me la va a liar. No me arriesgo).

Que iba yo diciendo que si os doy alguna pista de cómo soy o al menos como pienso, seguramente podréis seguir mis divagaciones con mayor facilidad. A vosotros os toca luego concluir si lo mío es para que me encierren o, como no parece que vaya a ser peligrosa, continúo en libertad sin vigilancia.

Y es que, en mi personalidad hay dos rasgo muy particulares. Por un lado está mi incontinencia verbal (oral y escrita) que me lleva a divagar sin parar y a cambiar de tema sin pausa, consideración y sin dar ninguna pista. Por eso termino metiéndome en unos jardines muy grandes para decir algo muy sencillito. Pero ¿y la información que os proporciono? ¿Eh?

Es una manera -no premeditada, lo juro- de asegurarme de que estáis atentos. ¡Como os despistéis una milésima de segundo no vais a saber de qué demonios se está hablando en ese momento y cómo se comenzó a hablar de un post, se siguió con las mantas zamoranas y ahora estamos con una prueba de atención! 

La otra característica es lo que yo llamo “Mi mente Ally”.

En este caso no es que Ally sea una famosa científica que estudió y descubrió mucho acerca de personalidades como la mía, como pasa con la mayoría de los síndromes y enfermedades de este planeta.

El tema es mucho más banal. Se trata simplemente de Ally McBeal. Sí, la de la serie… Portadas de los DVDs de la serie Ally Mcbeal

Perplejos ¿no? Si os acordáis de esta serie (es una de mis favoritas), el personaje que interpretaba Calista Flckmmnammm (Vaaaaale, Calista Flockhart –es que aún no he conocido a dos personas que lo pronuncien igual-), tenía una forma de pensar muy peculiar que, por suerte o por desgracia, compartimos.

No, no estoy desesperada por encontrar novio (ya estoy servida, gracias), no todo me recuerda al sexo (¿o sí?), ni veo bebés en pañales bailando (bueno, también, pero es Lucas, que no consigo que deje el pañal y le va la marcha).

Lo que sí hago es visualizar con total realismo (o a lo mejor debería decir surrealismo) todo lo que pienso, oigo o digo.

Vamos, que si me hablan de alguien que perdió la cabeza por otra persona, a mi no me cuesta ni un poquito imaginar al pobre decapitado buscando su cabeza. O cuando me va a estallar la cabeza del dolor, lo cierto es que puedo verme a mi misma proyectando mi masa craneoencefálica -¿he dicho fálica?- a la velocidad de la luz (en este caso, por ejemplo, puedo ver a una bombillita corriendo los 300 metros valla y demostrando que es la más rápida del mundo)… Y así podría enlazar un dicho con otro hasta el infinito y más allá (bocadillos de un cómic enlazados -de lazo- unos a otros que se acaban de saltar una señal con el símbolo de infinito) hasta que vosotros mismos perdieseis el control de la realidad. Pero tampoco quiero volveros locos.

La verdad es que la vida con una mente así no es demasiado fácil. Como ya sabéis soy mami (y reincidente, como me dijeron una vez), así que, las conversaciones escatológicas están a la orden del día.

Imaginaos cómo se me queda el cuerpo después de oír como el niño se despertó de la siesta tan mojado que nadaba en pis o estaba rebozado de caquita –si suavízalo lo que quieras, pero la imagen es la misma al fin y al cabo- o echó hasta la primera papilla… o lindezas por el estilo.

elefanteIgual pasa en situaciones tan incomodas en las que te dicen “No te preocupes por haberte dejado las llaves dentro del coche, si estas puertas se abren con la gorra

Tic tac tic tac tic tac…

Mmmmm…

Pues yo no veo como vas a conseguir abrir un coche con una gorra. Qué me dices un destornillador, pues vale, pero ¡¿Una gorra?!