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La lista de Schindler, El niño del pijama de rayas, Ana Frank, La vida es bella y tantas otras historias nos han contado, de primera mano, lo que le sucedió a los judíos durante la II Guerra Mundial.

Quizás por eso estamos vacunados contra el horror. Echamos alguna lagrimilla la primera vez que conocemos la historia, o incluso la  segunda. Sin embargo, la mayoría debemos reconocer que los cuerpos famélicos que las protagonizan y las cámaras de gas y los campos de exterminio son tan previsibles en sus tramas, que no nos impresionan.

Creo que no me equivoco demasiado si afirmo que, en cada nueva película, con cada nuevo libro sobre este tema, empatizamos más o menos con los protagonistas y eso hace que la historia nos duela en mayor o menor medida. Pero pocas veces nos paramos a interiorizar, a reflexionar sobre lo que realmente pasó. Y eso es lo que me ha ocurrido  precisamente con el último libro que he leído: 28 días.

28 días, toda una vida,

28 días, toda una vida,

He de decir que elegí este libro por equivocación. Me explico: tras Una bicicleta en la playa -que también tenía como fondo la II Guerra Mundial desde una perspectiva muy diferente-, me apetecía otro tipo de historia.

Y en esas estaba, buscando mi siguiente compañero de insomnio, cuando cayó en mis manos un libro de David Safier. Creo que éste es el autor de uno de los libros que más he regalado y recomendado en mi vida: Maldito Karma.

Es, la de Maldito Karma, una historia loca, divertida y que me ha dado momentos de tan absurda alegría, que lo he regalado y recomendado una y otra vez como antídoto para sobrevivir a la realidad que nos rodea.

Con ésta historia en mi memoria y con fe ciega en el escritor, elegí otro libro suyo como compañero de viajes (sin leer casi ni el título y desde luego sin ver anuncios, críticas, ni nada de nada).

Mi sorpresa fue cuando, ya teniendo el libro en mis manos, leí, casi por inercia, la sipnosis. No tenía nada que ver con lo que buscaba y creía necesitar… pero le estoy tan agradecida a Safier por Maldito Karma, que decidí darle una oportunidad para ver como se desenvolvía con un registro absolutamente distinto a lo que conocía de él.

Tu vida se basa en tus hecho

Tu vida se basa en tus hecho

La experiencia con 28 días ha sido bestial. Como libro me parece perfecto. Me gusta su prosa, el clima que crea y la frialdad y a la vez cercanía con la que nos recuerda una de las etapas más lamentables de la especie humana.

Mi ignorancia e incultura sobre los hechos que rodearon al suplicio judío me ha llevado a leer el libro sin saber que se trataba de una historia real.

La maestría de Safier ha hecho que, efectivamente, se trate de un libro duro -imposible que fuese de otra forma-, pero que, en no sé que momento me tocase una tecla mágica con la que me saltó el resorte: no es una historia más, que se mezcla y pierde entre las demás, es un legado que me ha obligado a interiorizar hasta la incredulidad lo que allí pasó.

Sí, a estas alturas de la vida, éste es el momento en el que, desde que tengo conciencia, alucino, me desgarra el descrédito, la incomprensión, sobre una masacre que nunca debió de convertirse en una historia más. A mis taitantos y después de ver mil historias basadas en hechos reales o de ficción, he topado con este libro que ha sido el que, de verdad, me ha hecho pensar en la dura realidad que tantos miles de personas vivieron 

Seguro que más de uno estará pensando que éste no es su momento para leer un libro así. Pero hay algo quiero dejar muy claro; no hay frivolidad, ni descripciones grotescas de una realidad insoportable.

Hay un lenguaje directo, que ha secuestrado mi interés al 100%, pero que no me ha atormentado la vida y eso que yo soy una llorona con título y reconocimiento.

Sí, ha habido lágrimas, en una sola ocasión, pero es que no soy de piedra (gracias a Dios). Lo que más le tengo que agradecer a 28 días es que me ha hecho ser consciente de que no es una historia, sino que es una realidad que debería ser absolutamente insoportable para el imaginario colectivo.

Sin duda, es un libro que recomiendo. No hay momento adecuado para él pero merece la pena leerlo,

Por cierto, sí, añoro a sus personajes como cada vez que soy secuestrada por un libro. Eso nunca cambia 🙂

PD2- Esto de dejarme llevar por el los impulsos a la hora de seleccionar un libro, está resultando realmente muy positivo. 

Y tú, ¿qué tipo de persona quieres ser?


Los dos grandes “titanes” de la era digital Apple y Facebook ofrecen a sus empleadas la posibilidad de congelar sus óvulos. Esta fue una de las noticias más comentadas ayer. ¡Y no es para menos! Yo aún sigo perpleja, estupefacta y, sobre todo, indignada.

logo-facebook7Se supone que la campaña es para que las mujeres no tengan que abandonar su carrera profesional para poder ser madres, lo que creo  que se traduce claramente en: “como te embaraces, te despides de seguir creciendo profesionalmente“. ¿O estoy equivocada?

Si de verdad es un incentivo para las mujeres, es que yo tengo una forma muy diferente de ver el mundo.

Te congelamos el óvulo y ya te encargas de eso más tarde, que ahora hay cosas más importantes que atender”. No sé si va acompañado también del suministro de algún tipo de poción mágica que conserve de paso intacta su energía, paciencia y vitalidad, y de paso, que proporcione una mayor longevidad con el fin de que estas madres (de óvulos congelados) puedan ser testigas -soy muy de Almodóvar– , por lo menos, de como sus hijos cambian los dientes de leche. ¿O es que la maternidad se reduce a parir criaturas? Cuanto se es una importantísima ejecutiva te embarazas, das a luz y ya te sientes realizadísima como mujer. ¿Es eso? Disculpen, yo ya soy madre, así que deduzco que nunca llegaré a nada profesionalmente.

Señores de Apple y Facebook, igual esos niños y esas madres también merecen ir al parque juntos, poder descubrir el mundo el uno de la mano del otro y disfrutar de sus primeros días del cole, a poder ser viviendo en la misma casa, no desde un geriátrico, eso sí para altos cargos directivos.

Creo que con esta medida han despreciado por completo el concepto de familia, la labor de una madre y por supuesto, la inteligencia femenina. Si no quieren perder el talento del “sexo  débil”, colaboren para que puedan compaginar sus aspiraciones profesionales con la maternidad a tiempo real.

Del padre ni se habla ¿Lo congelamos también o no hace falta?


¡Qué levante la mano el que esté leyendo este post y no haya pensado en alguna ocasión que su vida 2.0 a veces tiene más dinamismo y protagonismo que su yo real!

Si no lo has pensado aún, a lo mejor estás a tiempo de tomar medidas antes de que esta reflexión se convierta en una realidad. Para mí ya es tarde…

Hoy, en la entrega mensual de Divagando con… tengo la suerte de tener como contraparte a David Gómez, un auténtico experto en Redes Sociales y el entorno 2.0, para hablar precisamente sobre esto: cómo el “yo 2.0” se está comiendo con patatas al “yo real” en un nuevo marco de relaciones sociales del que es difícil escapar.

la foto

¿Me pasas el pan?

David Gómez

Hace algunos, mas bien muchos, años leí en un Reader Digest la historia de una mujer, profesional de alto nivel y acostumbrada a mantener una intensa vida social, que debido a su primer embarazo decidió apartarse un tiempo y dedicar un par de años a estar con su hijo.

Durante aquél tiempo su vida social se redujo a cero. Ni fiestas, ni cenas, nada, pero después de tres años decidió que quería volver a retomar su vida social, aunque estaba temerosa de haber perdido la práctica.

Llegó el día del reestreno, era una cena formal y allí estaba ella, sencillamente radiante y dispuesta a volver a ser el centro de la reunión. Comenzó la cena con el cóctel y los entremeses y comenzaron las primeras conversaciones, todo parecía ir bien. Primer plato, y cada vez se sentía más cómoda y relajada y atraía más y más conversaciones.

Pero el clímax llegó con el segundo plato. Ella hablaba animadamente y toda la mesa la escuchaba con asombro. Ella estaba extasiada y disfrutando del momento, hasta que se dio cuenta del por qué: mientras hablaba le estaba cortando la carne a su vecino de mesa como solía hacer con su hijo.  Verdaderamente hacía mucho tiempo que no salía.

Pues bien, durante los últimos meses he estado muy centrado en lanzar mis perfiles profesionales contactando y estableciendo nuevas relaciones a través de las redes sociales en la web, pero hace unos días me ocurrió algo singular. Estuve en la presentación de una asociación dedicada a promover las startups tecnológicas y todo era un extraño déjà vu. Por un lado conocía a muchos de los presentes pero solo de cara, esta era la primera vez que veía el resto del cuerpo. Había cruzado muchas palabras con ellos, pero no conocía sus voces. Nos conocíamos de antes, pero ¿de Twitter o de LinkedIn?

Hace apenas 10 años que se crearon las redes sociales en internet y ya tenemos más “amigos” en ellas que en nuestro mundo físico. Es cierto, las redes sociales nos están permitiendo ampliar nuestro universo personal, pero hay algo que les falta y de lo que no debemos privarnos: el contacto personal.

La posibilidad de dar un apretón de manos o, mejor aún, de dar un abrazo o una palmada en la espalda, de cruzar una mirada de complicidad o una sonrisa o, por qué no, una buena “bronca”, es algo de lo que no podemos prescindir.

Así que, seguiré cuidando y haciendo crecer mi red de contactos, pero creo que debo volver a recuperar mi mundo “desvirtualizado”, no sea que acabe enviándole un DM a mi vecino de mesa para pedirle que me pase el pan.

“Hola, soy Ikram y soy adicta a las Redes Sociales”

PerfilLo primero en llegar a mi vida fue Facebook. Era maravilloso poder estar al tanto de lo que le pasaba cada día a familia que tengo al otro lado del charco, recobrar el contacto con amigos que nunca debí perder de vista o saber cómo crecían los hijos de esas personas que siento tan cerca, pero que viven tan lejos.

Luego fue LinkedIn. Las cosas en el trabajo se empezaba a poner mal, así que había que comenzar a moverse. Esta Red parecía la solución a todos mis males. 

A continuación (tras un intento fallido), Twitter. Durante años, una de mis obligaciones laborales era estar al tanto de los teletipos de las principales agencias de noticias y, esta rutina, me dejó ya con hambre de espontáneos títulares de información.

Luego vino algún tonteo con otras redes que uso, pero que no suponen una relación estable en mi vida… y por fin, el blog.

Así, lenta pero afianzando el terreno, el espíritu 2.0 fue apoderándose de mí vida y sí, lo reconozco:

Hola soy Ikram y soy adicta a las Redes Sociales.

Mi vida virtual es bastante más aventurera que la real. Mi vida social tiene lugar con mucha frecuencia al otro lado de una pantalla. Es más, no creo que pudiese sobrevivir un día entero sin conexión a Internet.

En estas situaciones siento una especie de claustrofobia, que seguro que alguien ya ha bautizado, y que hace que mi capaciadad respiratoria disminuya según lo hace la cobertura del móvil

Vale, sí, igual es un poco exagerado, pero es cierto que, a día de hoy, mi relación con Internet es más que cordial. Y, para ser honestos, no tengo muy claro que sea algo malo. Desde luego, no me siento culpable.

En mi situación actual (desempleada y afincada en una zona residencial con una actividad más que limitada durante el horario comercial -luego es peor todavía-), creo que ha sido para mí una auténtica vía de escape.

Es verdad que constantemente relaciono lo que me pasa en la vida real con un posible post; o que hago fotos a cosas -que muchos considerarán estupideces- pensando en contar con imágenes para mi Almanaque en positivo, o para mi albún de iPhotos. Pero como soy muy muy sociable, creo que tengo cuerda para el mundo real, el virtual y para una tercera dimensión.

Ahora sí, voy a practicar el “propósito de enmienda” para eliminar uno de mis tics más reprochables en este asunto. Es un gesto que es muuuuuy feo y que además es síntoma de esta adicción. Sin duda es una falta de respeto que creo que incomoda bastante a nuestros contertulios: consultar o utilizar el móvil para mandar mensajes o WhatsApp mientras estoy manteniendo una conversación real con otra persona. Ahí es cuando si noto que el yo 2.0 empieza a comerse mi mundo real.  

¿Y tú? ¿En qué dimensión te encuentras?

¿Has notado ya algún síntoma?


Pues ya llegó el primer martes del mes, pero no de un mes cualquiera, sino de ¡¡¡Julio!!! y como está mandado en este blog, toca una divagación “a pachas”.

Como es el mes de los “tiempos libres”, las vacaciones, los viajes y esas cosas, me he buscado un compañero de divagaciones de lo más oportuno: Lorenzo Pardo, un manchego (sí, como Almodóvar y Sara Montiel) muy exótico, que se ha ido a vivir a Libia y, desde allí, nos deleita con un blog muy peculiar y divertido que, además de hacernos pasar un buen rato, nos sumerge en una cultura absolutamente diferente.

Para los que no conozcáis su Crónica Libiana -ya os vale, os estáis perdiendo un blog de los buenos- os confieso que es uno de los que tengo de cabecera.

Lo conocí hace muy poquito, pero desde entonces, todos los días alcahueteo un rato por él para ver si tiene algo nuevo -y eso que los electroduendes no me dejan casi nunca poner comentarios a sus post ¡con lo que a mí me gusta darle al palique, aunque sea por escrito!-.

Para que sepáis de lo que os hablo, aquí os dejo esta pequeña/gran colaboración como muestra. El tema: El tiempo libre ¿Qué más oportuno para el mes de Julio?

¡¡¡Gracias Lorenzo por unirte a mis divagaciones!!!

Y al resto: gracias por seguir ahí y nos vemos tras la divagación de Lorenzo con mi versión de los hechos 😉

Tiempo libre

¡Oh, no, tiempo libre!

Avatar de Lorenzo PardoLo que menos me podía imaginar cuando me vine a vivir a Libia, es que acabaría haciéndome amigo cibernético de Ikram Barcala, el único cangrejo español que ha logrado unir a toda una comunidad de vecinos en la búsqueda de una lentilla. Sin embargo, así ha sido, y si me alegro de ello, más me alegro de que hoy vayamos a divagar a cuatro manos.

El libio medio tiene muchísimo tiempo libre. Dado que las necesidades básicas llevan décadas siendo subvencionadas por el estado, y que los petrodólares atraen mucha mano de obra barata desde Túnez, Egipto o el Chad, los nativos pueden permitirse el lujo de trabajar poco, haciéndolo básicamente en lo que les gusta y cuando les apetece.

Esta situación, que a muchos nos parecería algo de ensueño, se convierte paradójicamente en una especie de tortura, ya que en Libia, por decirlo de alguna manera, hay poco que hacer. Seguramente sea este el país con menos oferta de ocio en todo el Mediterráneo, y la población, a medio camino entre una sociedad ancestral basada en las historias de los abuelos, y una sociedad rabiosamente actual guiada por el internet, lleva bastante mal un sentimiento que los libios denominan ksaad: el aburrimiento.

Gran parte del tiempo libre se dedica al monitor, consumiendo la tele y el ordenador muchas horas del día a día libio: triunfan los culebrones latinos, nadie se pierde Arab Idol, Facebook o Twitter la petan… en fin, nada que no conozcamos en España.

El problema viene cuando se quiere hacer algo fuera de casa. De cines y teatros, mejor ni hablamos, y la música en directo es un concepto tan, tan desconocido, que a menudo ni siquiera mis alumnos angloparlantes entienden la palabra Konzert, y les tengo que explicar lo que es como a niños. Muchos suelen mirarme con cara de tortuga, más aún si añado que es algo muy divertido.

No obstante, en España sabemos por experiencia que cines, teatros o conciertos tampoco son las ofertas de ocio más apreciadas por el gran público; el rey del ocio, al menos para nosotros, es sin duda el bar.

Pues bien, si queréis hundir en la miseria a gente como Javier Urrutia (no hay como el calor del amor en el bar), Daniel Higiénico (si no fuera por el bar nadie podría recoger el placer de soñar) o Joaquín Sabina (esa hora maldita en que los bares a punto están de cerrar), mandadlos a vivir a Trípoli.

Bien es cierto que aquí abundan las teterías y los fumaderos de narguile (más conocida aquí como shisha), y que además suelen llenarse; sin embargo, la juventud libia pide otra cosa, o más concretamente, la juventud libia pide alcohol.

En este país, no es solo que el alcohol esté prohibido por la religión, sino que está prohibido por ley. Sin embargo, poca gente hay que nunca lo haya probado, y muchos lo consumen regularmente. ¿Que cómo lo consiguen? Mediante un floreciente mercado negro que ofrece licores caseros, así como vodka o whisky de contrabando. El jueves noche es normal ver coches llenos de gente, aparcados en algún rincón pobremente iluminado, sus ocupantes dándole a la botella y/o a otras cosas.

¿Cómo beben los libios? Muchos siguen una norma no escrita: no puede sobrar nada. Si tenemos una botella, nos la bebemos hoy, si tenemos doce, también. La concepción general es que hay que aprovechar el momento, ya que el alcohol aquí es carísimo (una botella cuesta cerca de sesenta euros), y no siempre se puede conseguir. Además, se da un componente religioso: puestos a pecar, peco del todo, que para una copilla no me juego el paraíso (esto último explicado por libios, no es simplemente mi percepción del asunto).

Un entretenimiento al que, quien más quien menos, toda la juventud libia (y parte de la senectud) se entrega con fruición, es dar vueltas en coche. Aprovechando que la gasolina es prácticamente gratis, los amigos (o las amigas) se suben al auto con sus mejores galas, ponen la música a tope, y se dedican a pasear calle arriba, calle abajo, principalmente por las avenidas comerciales de Qarqaresh y Benaashur.

Qué placer encuentran a pasar cuatro horas encerrados en un coche, tragando humo de escape en un atasco eterno e inmutable, es algo que todavía se me escapa, pero lo disfrutan muchísimo. Al fin y al cabo, es la manera de ver y de ser visto, de encontrarse con los conocidos (a los que saludaremos de coche a coche, empeorando así el atasco), de lucir palmito y de, por lo menos, salir de casa.

Para terminar, el ocio veraniego: la playa. Los libios aman, adoran, se extasían con el mar, y aunque esta afición pueda parecer menos pintoresca, es un espectáculo ver cómo llenan la arena, equipados con sombrillas, tumbonas, fresqueras, alfombras, televisores y, en ocasiones, corderos vivos con los que harán después una barbacoa.

En fin, que si queréis venir a Libia, hacedlo, ya que es un país muy interesante, lleno además de gente estupenda; sin embargo, en caso de que andéis buscando un fiestón a lo ibicenco, donde la vorágine de placer y descontrol os haga tener que recordar el viaje más por las fotografías que por vuestros borrosos recuerdos… pensáoslo dos veces.

Tiempo libre ¿libre?

Avatar de Ikram BarcalaLo de divagar sobre el tiempo libre tiene su guasa ya que, cuanto más lo pienso más convencida estoy de que es algo así como un ser mítico, del que hablan las leyendas; o tal vez prehistórico, que sí existió, pero que se ha extinguido; o como las luciérnagas -ya conocéis mi teoría de que es algo que soñé de niña, pero que realmente no existe-)…

El caso es que, he llegado a la conclusión de que, en el supuesto de que sea algo real, sólo sucede antes de los 30. Luego, llegas a una especie de menopausia del ocio y poco a poco desaparece o se enajena y pasa a ser algo que no te pertenece.

Pero es muy recurrente eso de preguntar ¿y a ti que te gusta hacer en tu tiempo libre?

¡Me parto con la pregunta! ¿Por qué no nos preguntan de paso que haríamos si nos tocasen 100 millones de euros? Puestos a soñar…

El caso es que, en ese momento, a todos se nos ocurren cientodiezmil cosas -y a cada cual más topicazo-: leer, pasear (o más bien deambular, que es como divagar pero con el cuerpo), montar en bici, nadar, quedar con los amigos, oír música, ir al cine o al teatro

Sí, esa es mi respuesta, lo habéis adivinado. Y no es que mienta, es que al final, leo un poquito todos los días antes de dormirme y es casi ya un ritual antes de bajar mi persiana ocular, pero es tan poco lo que me da tiempo a leer, que casi me da vergüenza decir que lo hago ¡Con la de libros que yo devoraba!

Lo de pasear es de coña ¿Caminar por caminar? De verdad que me encanta, pero si saco un minuto y ese caminar no se convierte en “ir a”, lo hago a toda pastilla para tonificar glúteos y quemar calorías. No hay tiempo para hacer las dos cosas por separado: pasear relajada y hacer ejercicio.

¿Montar en bici? Sí, esto si que lo hago siempre que puedo. Me escapo con mi bici -ya os la presenté- y me desahogo de todas mis tensiones (mis calorías, mi cansancio ocular de tanto ordenador, la atrofia muscular de la vida de hoy en día…), pero cuando encuentro un momento para ello, voy tan pillada de tiempo que casi también parece una obligación más que un momento de ocio, y más cuando todo el mundo te dice (porque te conoce y te quiere, lo sé): “tienes que salir más con la bici” ó “mujer, pues oblígate a ello, que luego lo agradeces”…

Pues, será una percepción mía, pero creo que el “tienes que” y la palabra “ocio” están como reñidas ¿no? Y es que además, ni si quiera lo hago en “tiempo libre“, si no en un huequillo que le he robado al momento maruja (¡cómo tengo que esforzarme yo para no robarle más momentos a ese papel, madre mía!) o a algo por el estilo.

De nadar, quedar con los amigos, hacer senderismo y demás, ni hablamos. Por supuesto que voy al campo a relajarme, claro que sí. ¡A relajarme y a cansar a mis renacuajos, a ver si se acuestan por una vez temprano y saco un minuto para depilarme siquiera!

La moraleja de todo esto es que, el “tiempo libre“, a medida que pasan los años, es algo más inexistente. Primero porque cada vez tienes más obligaciones; y segundo, porque cada vez tienes más aficiones. Así que, se convierte en una regla de tres inversamente proporcional que es muy difícil de cuadrar.

Por eso, no puedo por menos que quedarme perpleja cuando oigo a mi hija decir “me aburro” ¡y pensar que yo también lo decía cuando tenía su edad! ¡Qué inconsciente! ¡Con la de cosas que hay que hacer y el poco tiempo que tenemos para ellas!

Pero que no encuentre por ningún lado al dichoso “tiempo libre” no significa ni mucho menos que no haga cosas que me gustan ¡Bonita existencia tendría entonces! ¡Y encima con mi riesgo añadido de ser inmortal!

Claaaaro que las hago. Pero es cierto que para ello tengo que robarle pequeños instantes a otros “quehaceres“. Por cierto, voy a robarle otro ratito al sueño para repasar y terminar de editar este post que, aunque me leáis por la mañana (o cuando mejor os cuadre), lo voy a dejar preparado desde la noche anterior, que mañana tengo un día muy complicado, sin tiempo para nada ;).

Muack!


masaLa verdad es que este tema se lo había propuesto a una amiga que tiene bastante más gracia que yo escribiendo, pero hoy ha sido el colmo ¡¡@Millonesdevoces me siguen!!

No soy esquizofrénica, ni paranoica, ni nada por el estilo. O al menos no más que el común de los mortales en los tiempos que corren. Pero es que Twitter y sus expresiones me causan cierta desazón.
Como, por supuesto, todos sabéis, cuando a alguien le interesa lo que escribes en Twitter no basta con que te lea, sino que “te sigue. Vale, quizás tenga una connotación diferente y es como que está más pendiente de ti. Pero el hecho de tener este nuevo “seguidor”, que a priori parece positivo, va acompañado de un correo electrónico que te avisa:
 “@IkramBarcala –aquí aprovecho para daros mi usuario – @Manolo9978 te sigue”
Y la verdad, es que mi primera reacción es mirar para atrás y preguntarme: ¿A mí? ¿Por qué? ¿Qué quiere? Y da un poquito de peor rollo, si cabe, ver que detrás de ti no hay nadie. Ni @Manolo9978, ni nadie. ¡Lo que quiere decir que lo hace a escondidas!
Y por si fuera poco, a esto hay que añadir los extraños nombres que la gente se pone para manifestar sus opiniones en la red. Si bien @Manolo9978 parece que nos indica su número de celda al estilo de Mandela 46664…
(Apreciación 1: A ver… @Manolo9978 no existe. Y si existe, a mí, desde luego, no me sigue).
(Apreciación 2: al compararle con Mandela doy por hecho que @Manolo9978, si por algún casual sí que existiese y un día le diese por seguirme –que ya iba a ser una casualidad como para asustarse- seguro que es un ex presidiario político. O un héroe nacional… Algo bueno, desde luego, que sino mi mente empieza otra vez a calentarse y entonces resultaría que si que soy un poco paranoica, y no estoy por la labor).
Si bien @Manolo9978 parece que nos indica su número de celda al estilo de Mandela 46664 -iba diciendo- hay otros que tienen un nombre que, la verdad, acojona. Como mi nuevo seguidor @Millonesdevoces o uno anterior, @Masaenfurecida, que no me negaréis que dan cierto mal rollo:
“@IkramBarcala @Millonesdevoces te sigue”
ó
“@IkramBarcala @Masaenfurecida te sigue”
Uffff…
¡Y es que estos dos, Followers -sin ánimo de darles publicidad- si que existen!
En Facebook por lo menos tienes “Fans”. Lo que por otra parte también es extraño porque no soy actriz y sólo canto en la ducha ¿O es que los fans de Facebook te sigue -como los de Twitter– a la ducha? Creo que ahora sí que me estoy emparanoiando...
En cualquier caso, lo mejor es ser normalito y tener “Amigos”.
¿O no?
¿Seguro?
Sí, sí que es lo mejor. Pero lo cierto es que yo en Facebook tengo 89 “Amigos”, que es algo razonable. O eso pensaba hasta que veo que una prima mía de 22 añitos tiene ¡345 amigos! ¡Si lleva 16 años menos que yo sobre esta  tierra! ¡Pero cuando le ha dado tiempo a esa chiquilla a conocer a tanta gente! Y entonces llega el momento en el que dudas de su honorabilidad o te acomplejas.
Y luego viene el dedito de las narices… Un día de esos chungos vas tú y pones:
“Mi jefe es un cabrón”
Y es que Facebook te interroga con una pregunta muy directa “¿Qué estás pensando?” Y claro, voy yo, que estoy calentita hoy, y lo suelto:
“Mi jefe es un cabrón”
Y entonces llega mi amiga del alma y, para mostrarme su apoyo, presiona el dedito que se traduce como “Me gusta” (no lo digo yo, que se lo invento el de Facebook). Y la cosa queda así:
“Ikram Barcala: Mi jefe es un cabrón.
A Patricia Soto le gusta esto”
¿“Le gusta”? ¿Te gusta? ¿Te gusta que mi jefe sea un cabrón? ¿Y tú estas en mi lista de “Amigos”?
Y tres horas después, seis “Amigos” más han presionado este botón. Lo que quiere decir que, de los ya escasos 89 “Amigos” que parecía que tenía, siete son unos auténticos “hjs de pt” o no tienen claro el concepto de amistad. Vamos que, el otro día me rompí una pierna y no lo sabe nadie (si no lo pones en Facebook es como si en tu vida no pasase nada) por si resulta que tengo un montón de “Amigos” a los que también “Les gusta” que tenga el peroné fracturado.
Sin embargo, el colmo de las “redes sociales” tuvo lugar la semana pasada también en Facebook, que la final va a resultar que da más juego que Twitter. Como te van saliendo los mensajitos de todo lo que hacen tus “Amigos”, de pronto leo –y os juro que es un caso real- que:
“Maica López y Pedro Antón van a ir al funeral de Manuel Sánchez”
Y alucinas, claro. ¡Qué se convoque a un funeral por Facebook es muy muy fuerte! Pero, como es evidente, no resistes la tentación y vas a ver quién es el difunto Manuel Sánchez –el caso es real pero el nombre es inventado. No lo busques que hay 2.700.000 entradas en Google-. Pues eso, que linkeo en Manuel Sánchez, al que no conocía de nada, y me encuentro que hay cierta interacción en su “Muro”:
“Maica López: ¿A qué hora es?
Ruth Martínez: A las ocho, tía. No sé si voy a llegar, por que salgo a las 19.30 horas del curro.
Manuel Sánchez: No te preocupes Ruth, si puedes bien y si no, pues también. Lo importante es la intención.”
¿¡Manuel Sánchez!? ¿¡Manuel Sánchez!? ¡¡¡Qué fuerte!!! ¡¡¡Manuel Sánchez convoca y responde a la gente sobre la asistencia a su propio funeral!! ¿Pero es que se va a suicidar y nadie va a hacer nada por impedirlo?
Y tres entradas más abajo, sin que, por otra parte, a nadie parezca extrañarle que Manuel Sánchez conteste a sus mensajes, explica:
“Manuel Sánchez: Por cierto, soy su hermano Luis. Qué nadie se asuste.”
¡¡¡¡¡O_O!!!!
Tarde. A mí ya no me llegaba la camisa al cuerpo…
P.D. (Otro día hablamos de los emoticonos, que voy a procesar mi experiencia “cibersobrenatural”).